Lecturas del Domingo XXXI Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 30 de octubre, 2011

Posted on 28 octubre, 2011

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Lecturas del Domingo XXXI Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 30 de octubre, 2011

 

Primera Lectura

Lectura del libro del profeta

Malaquías (1, 14—2, 2. 8-10)

“Yo soy el rey soberano, dice el Señor de los ejércitos; mi nombre es temible entre las naciones. Ahora les voy a dar a ustedes, sacerdotes, estas advertencias: Si no me escuchan y si no se proponen de corazón dar gloria a mi nombre, yo mandaré contra ustedes la maldición”.

Esto dice el Señor de los ejércitos:

“Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos en la ley; han anulado la alianza que hice con la tribu sacerdotal de Leví. Por eso yo los hago despreciables y viles ante todo el pueblo, pues no han seguido mi camino y han aplicado la ley con parcialidad”.

¿Acaso no tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos traicionamos entre hermanos, profanando así la alianza de nuestros padres?

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Salmo Responsorial Salmo 130

Señor, consérvame en tu paz.

Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos soberbios; grandezas que superen mis alcances no pretendo.

Señor, consérvame en tu paz.

Estoy, Señor, por lo contrario, tranquilo y en silencio, como niño recién amamantado en los brazos maternos.

Señor, consérvame en tu paz.

Que igual en el Señor esperen los hijos de Israel, ahora y siempre.

Señor, consérvame en tu paz.

 

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta

del apóstol san Pablo a los

tesalonicenses (2, 7-9. 13)

Hermanos: Cuando estuvimos entre ustedes, los tratamos con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños.

Tan grande es nuestro afecto por ustedes, que hubiéramos querido entregarles, no solamente el Evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida, porque han llegado a sernos sumamente queridos.

Sin duda, hermanos, ustedes se acuerdan de nuestros esfuerzos y fatigas, pues, trabajando de día y de noche, a fin de no ser una carga para nadie, les hemos predicado el Evangelio de Dios.

Ahora damos gracias a Dios continuamente, porque al recibir ustedes la palabra que les hemos predicado, la aceptaron, no como palabra humana, sino como lo que realmente es: palabra de Dios, que sigue actuando en ustedes, los creyentes.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.

Su Maestro es uno solo, Cristo, y su Padre es uno solo, el del cielo, dice el Señor.

Aleluya.

 

Evangelio

† Lectura del santo Evangelio

según san Mateo (23, 1-12)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a las multitudes y a sus discípulos: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente.

Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame ‘maestros’.

Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen ‘maestros’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos.

A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial. No se dejen llamar ‘guías’, porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión:

En la primera Lectura, el autor anónimo (“malaquías” significa “mensajero”) que ha escrito una serie de textos reunidos bajo su nombre, vivía en el siglo v, después de la reconstrucción del Templo y poco antes de la reforma de Esdras. ¡El pueblo lo había esperado todo del nuevo Templo y he aquí que no ha cambiado nada! Y en nombre de ese pueblo, el profeta acomete con violencia contra el clero (Mal 1, 6-2, 9), al que considera responsable de la decadencia moral y política porque no ofrece sacrificios con manos suficientemente puras como para merecer la benevolencia divina. La falta de los sacerdotes no disculpa a los fieles por su laxismo (v. 14) y el profeta les dedica otro escrito (Mal 2, 10-16). Clero y fieles se han liberado del profetismo refugiándose en el culto; y de ese refugio quiere sacar Malaquías al pueblo. La requisitoria contra los levitas recuerda la alianza particular concertada entre Dios y Leví (Dt 35, 8-11; cf. Jer 33, 18-22), por la cual a esta tribu se la confiaba no solo el servicio litúrgico, sino también la enseñanza de la ley (v. 7). Pero los levitas han traicionado su misión escandalizando a los fieles con sus interpretaciones laxistas y arrastrando al pueblo hacia actitudes contrarias a la ley (v. 8). El castigo no se hace esperar; cada vez que se viola la alianza, los sacerdotes pierden la consideración del pueblo, su influencia se desdibuja y su misión profética es discutida (v. 9).

En el Evangelio de este Domingo, Jesús dirige la palabra a los discípulos y al pueblo para denunciar la conducta de escribas y fariseos y prevenirlos de su mala influencia. San Mateo, inmediatamente después del presente relato, recoge la invectiva que pronuncia Jesús directamente contra los escribas y fariseos (vv. 13-36). Los escribas y fariseos no se sentaron en la cátedra de Moisés por iniciativa propia y llevados de su ambición. Pues ellos eran aceptados por Israel como maestros legítimos de la Ley, encargados de estudiarla y explicarla al pueblo. Por eso Jesús reconoce su magisterio y ordena al pueblo que cumpla con lo que ellos dicen. Claro, no todo lo que ellos dicen, ya que muchas cosas las dicen por su cuenta y no tienen que ver nada con la letra y el espíritu de la Ley de Dios. En efecto, escribas y fariseos habían creado un fárrago legislativo en torno a la Ley para regularla hasta los más mínimos detalles. Esto constituía una carga insoportable que ni ellos mismos cumplían. Jesús denuncia la hipocresía de estos “maestros” que no ayudan en absoluto a llevar la carga que imponen a los demás indebidamente, y contrapone a esa carga innecesaria el “yugo suave y la carga ligera” del Evangelio (11. 30).

La vanidad y el orgullo desmedido, el afán de aumentar su prestigio ante el pueblo, era el motivo de una serie de prácticas exteriores de estos escribas y fariseos. Acostumbraban a llevar sobre la frente y en el brazo izquierdo unos pergaminos enrollados y guardados en unas bolsas de cuero sujeto por medio de unas cintas y en los que estaban escritas palabras del Éxodo (13. 1-10/11-16) y del Deuteronomio (6. 4-9; 11. 13-12). Colgaban del borde de su manto unas orlas que debían recordarles todos los preceptos de la Ley (cf. Nm 13. 39). Se hacían llamar “rabí”, es decir, “maestro mío”; un título que llegó a conferirse solemnemente. También se hacían llamar “padre” y “preceptores”.

Jesús critica todo ese interés en encumbrarse sobre los demás, pues uno es nuestro Padre y, todos, nuestros hermanos. La crítica de Jesús a letrados y fariseos alcanza literalmente a todo clericalismo, también, de nuestros días, cuyo deseo de prestigio y poder presenta siempre los mismos síntomas. Eminentísimos, excelentísimos y reverendísimos padres y doctores… todos esos títulos y todas esas filacterias no parecen convenientes a la fraternidad cristiana.

En la segunda Lectura, en contra posicion de la primera Lectura y del evangelio, vemos el ejemplo de Pablo. Su actitud apostólica es un buen reflejo del evangelio. Trató delicadamente a los tesalonicenses, como con sentimientos maternales, de verdadera abnegación y en pos del bien de los hijos. Se fatigó y se esforzó para comunicarles el Evangelio, no sólo por la palabra, sino por la entrega y el buen ejemplo.

 

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