HOMILIAS: DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO. CICLO A. 6 DE NOVIEMBRE, 2011

Posted on 4 noviembre, 2011

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homilias: domingo xxxii tiempo ordinario. ciclo a. 6 de noviembre, 2011

1.- HAY QUE VIGILAR, HAY QUE ESTAR ALERTA

Por Antonio García-Moreno

1.- SABIDURÍA.- La sabiduría es uno de los grandes dones que Dios puede otorgar al hombre. La sabiduría es como una luz mágica que permite ver las cosas y los acontecimientos en sus justas proporciones. La luz de la sabiduría de Dios ilumina el camino de la felicidad con tal resplandor, que es imposible no ponerse a caminar por él. Fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada. Amarla, desearla, buscarla. Sólo eso, pero sinceramente, con ahínco, con constancia. Comenzando por pedirla a Dios con fe y confianza.

Ahora mismo te lo rogamos, Señor, danos el don de la sabiduría, esa luz nueva para nuestros ojos, esa dimensión distinta para nuestra mirada apagada, ese ver más allá de las sombras que inundan nuestros días grises y anodinos… Verlo todo con la luz de Dios, contemplarlo todo bajo la perspectiva de la eternidad, y superar así esta visión estrecha y pequeña que tantas veces nos angustia.

Cuántos afanes en cada jornada, cuántas preocupaciones. Siempre hemos de tener algo que nos inquiete y nos turbe. Y la causa está en nuestra falta de sentido sobrenatural, en nuestra falta visión de fe. Nos empeñamos en vivir según nuestros propios criterios y despreciamos los criterios de Dios. Y ese es el resultado: una vida de ajetreo continuo, una existencia profundamente marcada por la zozobra.

La misma sabiduría “busca por todas partes a los que son dignos de ella; en los caminos se les muestra benévola y les sale al encuentro en todos sus pensamientos…”. Son palabras tuyas, Señor. Palabras, por tanto, objetivas, absolutamente verdaderas. Haznos, pues, dignos de la sabiduría que sale a nuestro encuentro y aviva nuestro deseo por tenerla. Para que así vivamos de modo distinto a como vivimos. Para que en medio de la vorágine del vivir actual conservemos la calma y el optimismo. Danos, te lo pedimos otra vez, esa sabiduría que ha de llenar de honda alegría esta nuestra vida tan cargada de tristeza.

2.- VIGILAD Y ORAD.- La fiesta nupcial judía, cargada de ritos simbólicos, sirve a Jesús para hablar del Reino de los cielos. Se fija en la ceremonia de recepción y de acompañamiento que hacen las amigas solteras de la novia a la feliz pareja. Con sus lámparas encendidas y su alegría juvenil contribuían, sin duda, a la felicidad de los novios. Todos juntos iban hacia la sala del banquete, inundada de luz y de alegría. Se cerraba entonces la puerta y la noche, oscura y triste, quedaba fuera, en fuerte contraste con la luz y el alborozo que había dentro, en la sala del banquete.

Eso viene a ser el Reino de los cielos, un banquete de bodas reales. En la noche, cuando menos se espera quizá, llegará el esposo, Cristo Jesús, para celebrar por siempre la gran fiesta nupcial. Entonces el que tenga su lámpara encendida, quien tenga su alma en gracia, viva la fe, despierta la esperanza y ardiente la caridad, ese entrará en la sala del Reino, participará de esa fiesta que nunca cesará.

En cambio, el que tenga su lámpara sin aceite, quien tenga el corazón seco y frío, quien vista los harapos del pecado, quien duerma el sueño de los indolentes y los frívolos, quien sólo piense en sí mismo, ese se quedará fuera, inmerso en esa oscura noche, sin amanecida posible. Hay que vigilar, hay que estar alerta, hay que vivir preparados, siempre en gracia de Dios y luchar cada batalla como si esa fuera la última. No podemos descuidarnos, no podemos andar jugando. Es mucho lo que se ventila, la salvación eterna, la dicha de entrar en el gozo de la luz, de disfrutar para siempre de la alegría de la Jerusalén celestial.


2.- EL AMOR ES EL ACEITE QUE NECESITAMOS

Por José María Martín OSA

1.- Dios es la sabiduría que anhelamos. En la primera lectura se nos presenta la sabiduría de Dios personificada en una joven hermosa que se da a conocer a su amado. “Fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan”. Se hace la encontradiza para los que la aman, para los que la desean y la buscan. El verdadero conocimiento de Dios no es el resultado de una laboriosa operación intelectual, es un don que se ofrece con generosidad a cuantos se disponen a recibirlo con un corazón abierto. “Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca, no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada”. La sabiduría de Dios madruga más que los que la desean. Cuando éstos despiertan y empiezan a buscarla, se la encuentran esperando a la puerta. No necesitan andar tras de ella todo el día. Dios se presenta siempre al hombre que le busca y se anticipa a sus deseos. Desgraciadamente, hay muchos cristianos que ni siquiera son capaces de imaginar que alguien esté sentado junto a su puerta, esperando para amarlos. Debemos estar sedientos de Dios, pues el llena por entero nuestro ansia de felicidad.

2.- La vida triunfa sobre la muerte. La esperanza en la resurrección se funda en el hecho de que Jesús ya ha resucitado y en la convicción de que todos los creyentes viven y mueren en Jesús y como Jesús: esto es, para la vida eterna. Cristo es “el primogénito de los muertos”, el primer nacido o resucitado para la verdadera vida. Él es también nuestra cabeza, principio de unidad y solidaridad de todos los miembros para formar un mismo cuerpo. Si Cristo, la cabeza, ha resucitado, también resucitarán sus miembros. La última opresión que padece el hombre y la más terrible es la muerte: si no podemos vencer la muerte, tampoco podemos alcanzar la liberación total. La fe en la resurrección de los muertos es una garantía de la dignidad de los vivos. Pablo describe la venida del Señor y la resurrección de los muertos con símbolos tomados de la literatura apocalíptica. Conviene descubrir el significado de sus palabras y no quedarse en la superficie de su descripción. Lo que importa es la afirmación de la vida sobre la muerte y la comunión de todos con el Señor que ha de volver.

3.- El aceite es el amor. Los primeros cristianos han querido ver a la Iglesia-esposa en las diez vírgenes, tanto las prudentes como las necias, pues la Iglesia, antes que las bodas se celebren, está compuesta de buenos y pecadores. La parábola de las diez vírgenes es una llamada a nuestra responsabilidad. Precisamente porque sabemos que el Padre nos invita a la gran fiesta, no tenemos que dejarnos perder la “sabiduría radiante” de la que nos habla la primera lectura. Las cinco jóvenes poco previsoras reciben una dura sentencia condenatoria sin haber hecho nada malo. Ni siquiera maltrataron a los criados, como el mayordomo infiel. Tropezamos aquí con el tema clásico de la omisión y la neutralidad. El teórico “no hacer nada malo” es también una manera de hacer el mal. Algo así como el negar auxilio en carretera. Es no dar de comer al hambriento, es no vestir al desnudo. La neutralidad no existe. Todos estamos siempre comprometidos. Lo importante es saber con qué o con quién. ¿Qué significa tener aceite y tener lámparas encendidas? La liturgia sugiere una cierta identidad entre el aceite de la parábola y la Sabiduría. San Agustín nos dice que el aceite es símbolo de la caridad: “Cosa grande, y muy grande, significa el aceite de la parábola. ¿Será la caridad? ¿Qué piensas tú? Lo decimos a modo de pregunta, no adelantemos el fallo. Para mí, en el aceite se significa la caridad; voy a daros la razón. El Apóstol dice: Todavía os muestro un camino mucho más excelente. ¿Qué imponderable camino es él? Si hablare las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviere caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Tal es la vía superior sobre todo encomio, es decir, la caridad, no sin razón significada en el aceite, pues el aceite se sobrepone a todos los líquidos. Echa en un vaso agua y encima aceite: el aceite sobrenada. Pon aceite y encima el agua: el aceite sobrenada. Si guardas un orden, se sobrepone; si le inviertes, se sobrepone. La caridad es invencible”.

4.- La Eucaristía es nuestro banquete. La celebración de hoy tiene que ensanchar nuestro corazón y ahondar nuestro gozo de sabernos llamados al gran banquete de bodas: ya estamos en la casa de la novia con las lámparas encendidas, pero aún no ha llegado el novio. Entretanto la Eucaristía tiene que multiplicar y renovar, cada domingo, el aceite de nuestras lámparas, la verdadera sabiduría, que es Jesucristo. Y al mismo tiempo tiene que ser una intimación y una llamada -que bien necesitamos- a la responsabilidad de nuestra vida cristiana.


 

3.- VIVIR SIEMPRE PREPARADOS PARA EL REINO DE DIOS

Por Gabriel González del Estal

1.- Velad, porque no sabéis el día ni la hora. A Jesús le gustaba comparar el Reino de los Cielos a un banquete de bodas. También hoy, en esta parábola de las diez doncellas, Jesús compara el Reino de los Cielos a un banquete de bodas. Las diez doncellas debían acompañar al esposo cuando este fuera a buscar a la esposa, para comenzar después el banquete de bodas. Las doncellas no conocían la hora en la que llegaría el esposo, por lo que debían estar preparadas todo el tiempo, con las lámparas encendidas, para acompañar al esposo en cuanto este llegara. La parábola de hoy no se fija preferentemente en el banquete, sino en la preparación que debían tener las doncellas para poder entrar en el banquete. El mensaje de esta parábola de las diez doncellas está, por tanto, referido a la preparación necesaria para poder participar en el banquete, es decir, en el Reino de los Cielos. Jesús decía que para participar en el Reino que él predicaba era condición indispensable convertirse a la Buena Nueva, al evangelio que él predicaba. Marcos, en concreto, nos dice: “Jesús proclamaba la Buena Nueva de Dios: el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”. Mateo, en cambio, pone en boca de Juan el Bautista estas palabras: “convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos”. Este es el mensaje que la parábola de las diez doncellas tiene también hoy para cada uno de nosotros. Todos querríamos que nuestra sociedad se pareciera al Reino de Dios, es decir, que todos viviéramos en paz, con justicia y con amor. Pero esto no se consigue sólo con desearlo, para conseguirlo deberíamos vivir en un continuo estado y actitud de preparación, luchar para esto con esfuerzo e ilusión, todos los días, todos los momentos de nuestra vida. Tenemos que colaborar con Dios para que él pueda establecer su Reino entre nosotros. Esta es nuestra tarea, una tarea maravillosa, pero difícil: poner en práctica la Buena Nueva, el evangelio de Jesús.

2.- Radiante e inmarcesible es la sabiduría; fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan. La sabiduría es el don más grande que Dios puede conceder a una persona; lo sabía muy bien el rey Salomón cuando se la pidió a Dios, anteponiéndola a placeres y honores. Lo difícil es buscarla con corazón limpio y dejarse guiar por ella. Pero fácilmente preferimos dejarnos guiar por nuestros caprichos y tendencias egoístas; también el rey Salomón es un triste ejemplo de esto último. Para nosotros, los cristianos, la sabiduría está personificada en Cristo y en su Buena Nueva, en su evangelio. Debemos conocer el evangelio de Cristo y debemos dejarnos guiar por él. Si nosotros somos dóciles y nos dejamos guiar por Cristo, por su persona y su evangelio, el mismo Cristo saldrá a nuestro encuentro y con conducirá como un buen pastor. Prepararse para el Reino de los Cielos es, en nuestro caso, dejarnos guiar por Cristo, seguir su evangelio y su ejemplo. Debemos ser como fueron las vírgenes sensatas de la parábola de hoy, teniendo siempre encendidas las lámparas cristianas de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad.

3.- No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Aunque sobre este tema tendremos que hablar dentro de unos días, en la fiesta de los Difuntos, es bueno que ya ahora y siempre tengamos encendidas las lámparas de nuestra esperanza cristiana. Nuestra esperanza cristiana debe vencer nuestro miedo a la muerte, iluminando el camino que nos conduce al encuentro definitivo con nuestro Padre Dios.

 

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