La Homilía. II Domingo de Adviento. Ciclo B. 4 de diciembre de 2011

Posted on 30 noviembre, 2011

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La Homilía.  II Domingo de Adviento. Ciclo B. 4 de diciembre de 2011 

1.- ACTUALIZAR CON VIGOR Y ENERGÍA

Por Antonio García-Moreno

1.- AL ENCUENTRO DE DIOS.- El pueblo elegido estaba desterrado y gemía a las orillas de los ríos de Babilonia, colgadas las cítaras en los sauces de la orilla, mudas las viejas y alegres canciones patrias. Años de exilio después de una terrible derrota e invasión que asoló la tierra, el venerado templo de la Ciudad Santa convertida en un montón de escombros y cenizas. El rey y los nobles fueron torturados y ejecutados en su mayoría, mientras que la gente sencilla era conducida, como animales en manadas, hacia nuevas tierras que labrar en provecho de los vencedores.

Pero Dios no se había olvidado de su pueblo, a pesar de aquel tremendo castigo infligido a sus maldades. En medio del doloroso destierro resonaría otra vez un canto de la consolación, con el que se vislumbra y promete un nuevo éxodo hacia la tierra prometida, un retorno gozoso en el que el Señor, más directamente aún que antes, se pondría al frente de su pueblo para guiarlo lo mismo que el buen pastor guía a su rebaño, para conducirlo seguro y alegre a la tierra soñada de la leche v la miel.

“Súbete a lo alto de un monte -dice el poema sagrado-, levanta la voz, heraldo de Sión, grita sin miedo a las ciudades de Judá que Dios se acerca”. Que preparen los caminos, que enderecen lo torcido, que allanen lo abrupto, que cada uno limpie su alma con un arrepentimiento sincero y una penitencia purificadora. Llega el gran Rey con ánimo de morar en nuestros corazones, de entablar nuevamente una amistad profunda con cada uno de nosotros. Por eso es preciso prepararse, despertar en el alma el dolor de amor herido por ofenderle, el ansia de reparar nuestras culpas y el deseo de hacer una buena confesión para recomenzar una vida limpia y alegre.

El Señor llega cargado de bienes, él mismo es ya el Bien supremo. Viene con el deseo de perdonar y de olvidar, de prodigar su generosidad divina para con nuestra pobreza humana. Viene con poder y gloria, con promesas y realidades que colmen la permanente insatisfacción de nuestra vida. Este pensamiento de la venida inminente de Jesús, niño inerme en brazos de Santa María, ha de llenarnos de ternura y gozo, ha de movernos a rectificar nuestros malos pasos y enderezarlos hacia Dios.

2.- CONVERTÍOS.- Cuando Juan Bautista comenzaba su predicación había en Israel un clima de gran tensión político-religiosa. El Pueblo elegido estaba bajo el yugo de Roma que ejercía su poder con la fuerza de sus legiones y la rapaz astucia de sus procuradores. Para colmo de males quienes gobernaban en la Galilea y en la región nordeste eran dos hijos de Herodes el Grande, Herodes Antipas y Herodes Filipo. Todos descendientes de los idumeos y pertenecientes, por tanto, a la gentilidad, a los malditos “goyím”, considerados impuros por los judíos. Esa situación era para Israel un insulto permanente. Esto, unido a las profecías sobre la venida ya inminente del Mesías, provocaba en los ánimos el anhelo y la esperanza.

La voz de Juan resuena en el desierto, lo mismo que resonó la voz de Moisés. El nuevo éxodo que anunciara Isaías comenzaba a realizarse. Pero en este nuevo tránsito por el desierto no será otro hombre quien los guíe: será el mismo Yahvé, el mismo Dios que se hace hombre en el seno de una Virgen, Jesucristo. Ante esa realidad próxima a cumplirse, el mensajero del nuevo Rey clama a voz en grito que se allanen los caminos del alma, que se preparen los espíritus para salir al encuentro de Cristo.

Su mensaje sigue válido en nuestros días. La Iglesia, al llegar el Adviento, lo actualiza con el mismo vigor y energía, con la misma urgencia y claridad: “Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos… Preparad el camino del Señor, allanad su sendero”. Sí, también hoy es preciso que cambiemos de conducta, también hoy es necesaria una profunda conversión: Arrepentirnos sinceramente de nuestras faltas y pecados, confesarnos humildemente ante el ministro del perdón de Dios, reparar el daño que hicimos y emprender una nueva vida de santidad y justicia.

El Bautista apoya con el testimonio de su vida el contenido de sus palabras. Su misma conducta austera y penitente es ya un clamor de urgencia que ha de resonar en nuestro interior de hombres aburguesados, medio derruidos por el confort y la molicie, acallados muchas veces por el respeto humano y por la cobardía de no querer complicarnos la vida: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?… Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y arrojado al fuego”. Meditemos estas palabras, reflexionemos en la presencia de Dios, imploremos su ayuda para rectificar y prepararnos así a recibirle como él se merece.


2.- EN EL DESIERTO, MANTENEMOS LA UTOPÍA

Por Pedro Juan Díaz

1.- Seguimos en adviento, en actitud de esperanza, trabajando interiormente la certeza de que Dios está con nosotros. Eso es lo que verdaderamente queremos vivir en la Navidad. Hoy la Palabra nos señala un compromiso: es importante preparar un camino al Señor. También hay una llamada: allanad los senderos. Y finalmente, la meta: un cielo nuevo y una tierra nueva.

2.- El compromiso nos viene desde el Evangelio, desde la figura de Juan, el Bautista. Escuchar a Juan siempre es una llamada a la conversión, como lo fue para las personas de su tiempo. Era una preparación para lo que estaba por venir, era como un pequeño adelanto de lo que después haría Jesús, una avanzadilla, un grupo que empezara a señalar el camino. Juan está en el desierto, y el desierto para Israel es significativo, porque es recuerdo del camino de la liberación de la esclavitud de Egipto. Hoy por hoy podemos descubrir nuestro desierto en la falta de valores que vemos en nuestra sociedad. Pero Juan sigue llamando a la conversión, la misma que necesitamos hoy.

3.- Esta es la llamada que nos hace la Palabra de Dios, que nos hace el adviento: allanad los senderos. ¿Qué mejor conversión que hacer lo posible para que “los valles se levanten, los montes y colinas se abajen, lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”? Siempre será más fácil que descubramos a Dios en nuestra vida si los caminos son llanos, si no hay obstáculos, si vemos un futuro que nos haga mantener la esperanza. Esta llamada a la conversión exige un trabajo, personal y comunitario, para transformar nuestras vidas, para que seamos un signo visible en medio de nuestro mundo de que Dios está con nosotros, de que la Navidad no es solo comprar y consumir, sino que es el momento del año en el que nos recordamos unos a otros, de manera especial, que Dios, un día, vino a compartir nuestra vida, vino a nacer entre nosotros, y desde entonces, no se ha ido, está a nuestro lado, nos acompaña. Pero hay obstáculos, caminos torcidos y escabrosos, que nos dificultan verle. Por eso la llamada a la conversión, al trabajo, al compromiso personal y como comunidad cristiana: “en el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”.

4.- La esperanza a la que estamos llamados, la actitud de conversión, el trabajo serio por allanar los caminos de nuestra vida y de nuestras comunidades, tienen una meta concreta: “nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia”. A pesar de todo, en el desierto mantenemos la utopía. No nos resignamos a que las cosas se queden como están, a que perdamos nuestros valores, nuestras creencias, nuestra fe y nuestra esperanza. Somos conscientes de la realidad, pisamos tierra, pero en ella descubrimos a un Dios que nos sigue llamando a trabajar, a allanar, a convertirnos, a enderezar, a esperar contra toda esperanza, a dar segundas oportunidades (como Él lo hace), a buscarle no mirando hacia arriba, sino mirando hacia abajo, en cada persona y en cada acontecimiento de la vida, en lo sencillo, entre los pobres, en un pesebre humilde y maloliente, hecho niño en Belén. Ese día empezó el cielo nuevo y la tierra nueva, porque la Justicia vino a habitar entre nosotros. Desde ese día, la tarea es allanar senderos, para facilitar el camino al Señor, para que venga, para que siga viniendo a nuestras vidas, a nuestras familias, a nuestros grupos, a nuestras comunidades. Por eso nuestro grito: ¡Ven, Señor Jesús!

5.- Finalmente, usando las palabras con la que termina la Carta de San Pedro, “mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables”. Que el adviento nos ayude a revisar nuestra vida, a hacer examen de conciencia y allanar los obstáculos que hay en nuestro corazón a través del sacramento del perdón. Que la Eucaristía nos fortalezca en la confianza de que Dios está con nosotros, que cada Eucaristía es una pequeña Navidad, para que no desfallezcamos en el desierto, para que no perdamos la esperanza en la utopía, para que sigamos creyendo en un cielo nuevo y una tierra nueva.


3.- LOS CRISTIANOS DEBEMOS SER, DE PROFESIÓN, PEONES CAMINEROS

Por Gabriel González del Estal

1.- Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Juan el Bautista fue el primer peón caminero del Señor. El oficio de “peón caminero” fue siempre un oficio humilde, servidores del bien común, preferentemente en pueblos y aldeas rurales. Tenían que mantener limpios y accesibles los caminos por los que tenían que pasar los labradores y agricultores, con sus ganados y carros, para labrar las tierras que les daban el alimento necesario para vivir. Era un trabajo humilde, pero necesario para el bien común del pueblo y de sus gentes. Cuando digo ahora que los cristianos debemos ser peones camineros me refiero al trabajo que debemos estar siempre dispuestos a hacer para que el Señor pueda llegar hasta nosotros y, a través de nosotros, hasta los demás. Si nuestra vida está llena de montes de soberbia y barrancos de codicia y lujuria, el Señor no podrá llegar hasta nosotros. Si caminamos sólo movidos por el egoísmo y en busca de nuestro bien particular, el prójimo, sobre todo el prójimo más necesitado, no podrá descubrir nunca en nuestro caminar al Señor que quiere llegar siempre hasta los más necesitados. Si el Adviento es un camino para llegar hasta el Señor, nuestro adviento deberá ser un camino libre de todos aquellos obstáculos que impiden el paso al Señor. Nuestra primera y principal tarea durante el Adviento es, pues, de limpieza interior. De limpieza interior del alma para poder encontrarnos nosotros con el Señor y de limpieza interior y exterior de toda nuestra vida para que en ella, en nuestra vida, los demás puedan descubrir al Dios que camina con nosotros. Como escuchamos en el evangelio de este domingo, Juan el Bautista, con su vida y con su palabra, fue el primer peón caminero del Señor. A través de él muchos encontraron el camino despejado para poder reconocer y seguir al Cristo, al que él no se consideraba digno de desatarle las sandalias. Con humildad y con valentía atrevámonos también nosotros a ser humildes y valientes peones camineros del Señor que viene a nuestro encuentro. Es un oficio humilde, pero maravilloso.

2.- Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Con estas palabras comienza el libro del llamado “segundo Isaías”. El profeta le dice a su pueblo que, a pesar de todas las tribulaciones y dificultades que está sufriendo en el destierro, el Señor va a venir a salvarlos. Vendrá con fuerza y con poder y sacará a su pueblo de la esclavitud que ahora padece. Vendrá lleno de mansedumbre, como un pastor solícito y preocupado por cada una de sus ovejas. Lo que tiene que hacer el pueblo, su pueblo, es prepararle el camino, rebajar montes y colinas, arreglar los valles, enderezar lo torcido e igualar lo escabroso. Estas palabras del profeta Isaías también van dirigidas hoy a cada uno de nosotros. Los cristianos siempre hemos creído que esta vida es un camino que debe conducirnos al encuentro definitivo del Señor. También nosotros, los “desterrados, hijos de Eva”, debemos cada día limpiar nuestro camino de todo aquello que nos impide caminar en dirección hacia Dios. Debemos hacerlo con esperanza, porque el mismo Señor ha prometido venir a salvarnos y a acompañarnos en nuestro caminar. En este sentido Dios, nuestro Dios, quiere ser para nosotros “como un pastor que nos apacienta, nos reúne, nos lleva en sus brazos y nos cuida”. Consolémonos con estas palabras.

3.- Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia. Este cielo nuevo y esta tierra nueva es el Reino de Dios que Cristo vino a instaurar y que nosotros, sus seguidores, debemos intentar construir cada día. Los primeros cristianos suspiraban todos los días, anhelantes, esperando la llegada de este Reino. Nosotros sabemos, como nos dice hoy San Pedro en su carta, que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos, porque “para el Señor un día es como mil años y mil años como un día”. Vamos a decir también hoy nosotros, confiados y vigilantes: venga a nosotros tu reino, Señor, ese cielo nuevo y esa tierra nueva donde habite la justicia.

 

 

 

 

 

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