HOMILIAS: III DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO B. 11 DE DICIEMBRE, 2011

Posted on 8 diciembre, 2011

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HOMILIAS: iii dOMINGO DE aDVIENTO. cICLO b. 11 DE DICIEMBRE, 2011

1.- VOCEROS DE LA MISERICORDIA Y DE LA ALEGRÍA DE DIOS

Por Gabriel González del Estal

1. Yo soy la voz… Juan Bautista era vocero de Dios, hablaba en nombre de Dios, era voz humana de Dios. Predicaba la conversión a un Dios justo y misericordioso, a un Dios que quería regalarnos la alegría de su gracia y de su perdón. Era un vocero sincero y humilde, que no quería que nos fijáramos en él, sino en aquel a quien él señalaba, en Jesús de Nazaret. Él no era el Mesías, ni Elías, ni el Profeta, él era sólo una voz, la voz de Dios. ¡Qué vocación tan maravillosa, la de ser voceros de Dios! Hablar en su nombre, decir sólo lo que él dice, traducirle de tal modo que en nuestras palabras se transparente la voz de él. Hace falta mucha humildad, y mucha santidad, para ser buenos voceros de Dios. Más de una vez tapamos la voz de Dios con nuestras voces egoístas e interesadas, aunque, oficialmente, pretendamos representar a Dios y ser sus portavoces. El vocero de Dios es un canal limpio y transparente, por donde corre luminosa y serena la verdadera voz de Dios. Los hombres pocas veces somos verdaderos voceros de Dios, porque nos ponemos nosotros delante para que nos vean a nosotros, antes que a Dios. Juan el Bautista quería que le vieran a él como testigo de la luz, no como la luz. Él no tenía luz propia, no quería tener luz propia, quería que a través de él sólo se viera a Dios. Los cristianos estamos todos llamados a ser voceros de Dios, del Dios justo y misericordioso que se encarnó y se hizo voz en Jesús de Nazaret. Jesús de Nazaret fue el vocero encarnado del Dios que habitaba en él.

2. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios. También el profeta Isaías era vocero de Dios. El profeta Isaías, autor de este texto, es un profeta del posexilio que canta alborozado a su Dios, porque se ha compadecido de su pueblo y le ha sacado del destierro. Dios ha enviado a su Ungido para dar la buena noticia a los que sufren, para proclamar el año de gracia del Señor. Es un texto lleno de gozo y esperanza, que Jesús leerá y se lo aplicará a sí mismo en la sinagoga de Nazaret, al comienzo de su vida pública. Dios nos ha enviado a su Hijo para sanarnos y liberarnos de todas las ataduras e injusticias que nos oprimen y esclavizan. Tenemos derecho a ver en Jesús de Nazaret al Mesías que vino a salvarnos y liberarnos del pecado y del mal. Esto debe llenarnos de alegría y gozo. Por eso, el sentimiento principal de este tercer domingo de Adviento, domingo de la alegría, debe ser de alegría interior y de agradecimiento profundo a Dios nuestro Salvador. Como María en el Magnificat, también nosotros podemos decir hoy: proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador.

3. Estad siempre alegres, sed constantes en el orar. En toda ocasión tened la Acción de Gracias. También San Pablo les dice hoy a los fieles de Tesalónica que estén siempre alegres y sean siempre agradecidos. Esta alegría y esta Acción de Gracias a la que se refiere San Pablo, debemos expresarla nosotros principalmente en nuestra oración, en nuestras eucaristías y en nuestro comportamiento ordinario. Las frases de San Pablo son breves y llenas de sentido: “examinadlo todo, quedándoos con lo bueno”, “guardaos de toda forma de maldad”. En este tiempo de Adviento, con especial intensidad, debemos nosotros limpiar el alma de toda maldad, preparándonos para celebrar dignamente la Navidad. Hagámoslo con espíritu agradecido y con el alma llena de alegría y esperanza cristiana.


2.- SER TESTIGOS Y VOZ PROFÉTICA

Por José María Martín OSA

1.- El hombre necesita urgentemente un Salvador, pero un salvador que no sea ángel ni extraterrestre, sino hombre entero y verdadero, pero que sea también un Dios. Necesita un Salvador que aporte luz a sus pasos inciertos, que le dé razones para vivir, que le enseñe lo que es la vida, que entone el himno de la libertad y de la alegría. En la lectura de Isaías encontramos el anuncio de cómo será ese salvador. Será un hombre, pero ungido por el Espíritu de Dios. Todas sus palabras y sus gestos estarán siempre cargados de Espíritu. Será profeta de libertades, enemigo de toda esclavitud. Rompe las ataduras, destroza los cepos y los cerrojos injustos; proclama amnistía a los cautivos y libertad a los presos. Será gratificador, derramará la gracia generosamente, proclamará “el año de gracia del Señor”. Se dará comienzo a un régimen de gracia, un año de gracia que no se termina, un tiempo en que todo será misericordia y benevolencia, júbilo y generosidad. Todas estas hermosas cualidades y misiones del Mesías, el “Ungido”, se cumplen perfectamente en Jesús de Nazaret, en quien creemos como nuestro Salvador. Los que en él creemos, los cristianos, los ungidos del Ungido, debemos tratar de realizar estas mismas vocaciones, llevando a término la tarea iniciada por nuestro Señor. Que no sólo seas curado, sino que cures; no sólo seas liberado, sino que liberes; no sólo seas agraciado, sino que vivas la gratuidad, lo llenes todo de gracia y seas testigo de amor.

2.- Alegría, oración y agradecimiento. En tres palabras sintetiza Pablo la actitud del espíritu cristiano tal como corresponde a la voluntad de Dios. Celebramos hoy el domingo “Gaudete”. ¡Alegraos!, nos dice san Pablo, incluso en las horas bajas y de sufrimiento, pues esos momentos no afectan al fundamento en el que descansa nuestra alegría: la certeza de la salvación en Cristo. Orad sin cesar, dad gracias por todo, incluso en las pruebas y sufrimiento. Aquí es donde tiene que mostrarse la fe fuerte, en que todo lo que viene de la mano de Dios es para nuestra salvación. “¡No apaguéis el espíritu!”. La expresión evoca la idea del espíritu como fuego y luz. Pablo conoce y valora sobremanera la riqueza de los extraordinarios efectos del Espíritu Santo que habita en la comunidad y quiere que su fuerza expansiva no encuentre impedimento alguno. Esto sería rechazar el don de la gracia divina en lugar de aprovecharlo. La esperanza de la vuelta de Cristo es la que jalona toda esta carta a los Tesalonicenses y lo que fundamenta la conducta cristiana: el cristiano es el hombre de esta esperanza.

3.- Juan es el testigo de la luz y la voz que grita. El autor del evangelio ha creado un montaje de proceso judicial. En este proceso Juan va a desempeñar el papel de testigo de descargo en favor de Jesús. Los judíos de Jerusalén son el fiscal. Todo el lenguaje es judicial: testigo, testimonio, confesión. La sandalia era en Israel una metáfora jurídica: era símbolo del derecho que una persona tenía. Cuando el testigo de descargo dice que él no es digno de desatar la sandalia de Jesús, está diciéndole al fiscal que el acusado es quien tiene el derecho. De esta manera, el investigado pasa a investigador-acusador del fiscal, a quien le echa en cara el no saber quién Jesús. Juan no era la luz sino su testigo enamorado. ¿Puede haber vocación más bonita? Decir a las gentes que no siempre es de noche ni todo es tinieblas. Llevar un rayo de esperanza a los corazones entristecidos. Una sonrisa gratuita en una sociedad violenta. Apreciar el lado bueno de las cosas y personas. Entender que no todo es relativo. Encontrar el sentido de la vida. Testigo del que es todo luz. “Yo soy la voz que grita”. ¿Puede haber una vocación más humilde y más grande? No es Mesías, ni profeta, ni quiere ser personaje. Es una voz, un mensaje, una llamada. Está hecho para gritar, para proclamar, para anunciar y para denunciar. Tú, ¿quién eres? Una pregunta que todos tenemos que hacernos. Para comprender mejor la misión de Juan Bautista, pueden tenerse en cuenta estas frases de un sermón de San Agustín, que se leen en el Oficio de Lectura del tercer domingo de Adviento:

“Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna. Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón (…). Y precisamente porque resulta difícil distinguir la palabra de la voz, tomaron a Juan por el Mesías. La voz fue confundida con la palabra: pero la voz se reconoció a sí misma, para no ofender a la palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Y cuando le preguntaron: ¿Quién eres?, respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto: `Allanad el camino del Señor’. La voz que grita en el desierto, la voz que rompe el silencio; pero ésta no se dignará venir a donde yo trato de introducirla, si no le allanáis el camino”.


3.- CAMINO HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS

Por Antonio García-Moreno

LA BUENA NOTICIA.- Dios Padre se compadeció del sufrimiento de sus criaturas y quiso consolarlas, aliviarlas por medio de su Hijo Unigénito. Para eso vino Jesucristo, el Verbo de Dios hecho hombre, hasta nuestra tierra. Con él llegó la paz y la alegría para cuantos gimen y lloran en este valle de lágrimas. Con él nos llega, en efecto, el perdón divino, el tesoro inapreciable de la Redención.

No obstante, para alcanzar el fruto de su salvación es preciso que preparemos el corazón, es necesario que allanemos los caminos del espíritu mediante la oración y la penitencia. Suplicar una y otra vez, con mucha humildad y gran confianza. Que Dios tenga misericordia de nosotros y perdone nuestros pecados. También hay que mortificar nuestros sentidos para de ese modo purificarlos y fortalecerlos. Hemos de negarnos a nuestros propios gustos y caprichos, expiar nuestros pecados por medio de la penitencia. Sólo así podremos recibir adecuadamente, y con fruto, la llegada inminente de nuestro Dios y Señor.

En medio del clima de oración y penitencia, tan propio del Adviento, la Iglesia nuestra Madre nos exhorta por boca del profeta Isaías a que nos llenemos, hasta desbordar, con el gozo del Señor. Aunque parezca una paradoja, así ha de ser: gracias a la oración y a la penitencia el alma se purifica y se acerca más a Dios, hasta sentir el gozo inefable de estar junto a él, de rozarle y abrir el corazón a su amor entrañable.

La esperanza cierta de que el Señor llega hasta nosotros tiene que ser un motivo sólido y profundo de alegría, de paz y felicidad anticipada, unas primicias del júbilo de la Navidad que se acerca. Más aún: un anticipo de la dicha infinita que Dios reserva para quienes le sean fieles hasta el final.

 Repitamos con las palabras del profeta de la alegría mesiánica: “Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hará brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos”.

2.- TESTIGOS DE LA LUZ.- La liturgia sigue insistiendo en presentar ante nuestra mirada la figura austera de Juan Bautista, el hombre enviado por Dios para preparar a los que esperan al Mesías, “para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz”. Testigo que declara ante el tribunal del mundo que Jesús de Nazaret es el Rey salvador anunciado desde siglos por los profetas de Israel. Sus palabras son recias y claras, avaladas además por su conducta intachable. Su vida es convincente, ratifica con el propio ejemplo las palabras que proclama. Y como él, también nosotros los cristianos hemos de vivir con todas sus consecuencias lo que nuestras palabras, como testigos de Cristo, han de proclamar.

“Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: Tú ¿quién eres? Él confesó sin reservas: Yo no soy el Mesías”. Los enviados de Jerusalén siguieron preguntando, deseosos de averiguar quién era Juan en definitiva. Las respuestas del Bautista están llenas de sinceridad y de sencillez. Él no es un profeta, ni tampoco Elías como ellos se pensaban. Él es simplemente la voz que clama en el desierto, el heraldo del Rey mesiánico que se aproxima, el adelantado que prepara los caminos de un retorno, un nuevo éxodo hacia la Tierra prometida, bajo la guía de otro Moisés, el mismo Dios hecho hombre.

Las palabras de Juan Bautista son una lección de humildad y de verdad. Él confesó sin reservas quién era y quién no era, supo andar en verdad, que en eso consiste precisamente la humildad. Ni aparentó más de lo que era, ni disimuló lo que en realidad era. “En medio de vosotros -sigue diciendo- hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”. Sus palabras tienen una vigencia palpitante en nuestros días. Sí, también hoy Cristo Jesús, el Esperado, está en medio de nosotros y no nos damos cuenta de ello.

Somos unos pobrecitos ciegos, sentados como Bartimeo a la vera del camino, pero sin preguntar, como él hizo, quién es ese que pasa por el camino. Porque, en efecto, él pasa una vez y otra al lado de nuestra vida, se deja oír en el murmullo que levanta su paso. Pero en lugar de preocuparnos por saber quién es ese que alza por unos momentos el vuelo de nuestro corazón, seguimos sentados, apoltronados y sordos para escuchar la voz de Dios, el rumor de su Espíritu. Vamos a rectificar, el Adviento es tiempo propicio para cambiar de ruta, para enderezar nuestro camino hacia el encuentro con Dios.

 

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