HOMILIAS: NATIVIDAD DEL SEÑOR. CICLO B. 25 DE DICIEMBRE, 2011

Posted on 23 diciembre, 2011

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HOMILIAS: NATIVIDAD DEL SEÑOR. CICLO B. 25 DE DICIEMBRE, 2011

1.- VIENE A ESTAR CON NOSOTROS

Por José María Martín OSA      

1.- Dios se preocupa por el hombre y lo libera. En un bello sueño poético, Isaías presenta el final del exilio. El pueblo de Israel ha experimentado en propia carne la llaga mortal del exilio. Se hace necesaria una mano amiga que ayude algo, que levante el ánimo del creyente que flaquea. La caravana ha partido de Mesopotamia, y el poeta hace ver el momento tan ansiado de la llegada del mensajero, que ya está atravesando las colinas del norte de la ciudad. Una nueva era de paz y libertad comienza: el mensajero trae la buena noticia de la liberación de Israel. A este anuncio se unen los gritos de los vigías que custodian las ruinas de la ciudad. La intervención de Dios no puede dejar a nadie indiferente. Su victoria debe alcanzar a todos los confines de la tierra. Es un mensaje de alegría para un pueblo abatido y sin horizontes: ¡Dios vuelve! Mensaje para el que se siente desanimado: ¡Dios sigue entre los que creen! El que cree en el mensaje piensa que la restauración de una sociedad en ruinas y en crisis económica es posible. Es el mensaje para el creyente de hoy en esta Navidad. Este himno de acción de gracias resonará en otras páginas del AT, como podemos contemplar en el Salmo 97 que hoy recitamos, en las que el triunfo de Dios aparece como una activa esperanza. Quien escucha este himno se ve animado a una seria colaboración con el Dios que actúa en la historia y se preocupa del hombre. En esta etapa final de la historia, señala la carta a los Hebreos, nos ha hablado por su Hijo, que se acerca a nosotros para liberarnos.

2.- ¿Aceptamos la Palabra y su acción en nosotros? El “logos” del evangelio de Juan es un concepto tomado de la filosofía griega. En el prólogo del evangelio la Palabra viene a identificarse no sólo con Jesús, sino con la acción de Jesús. Esta personificación viene a mostrar la capacidad que tiene de dar vida y orientación a todo hombre que se acerca a él. De verdad que el misterio de la encarnación es, en el fondo, el misterio del hombre entero. Los judíos no han comprendido la realidad de Jesús. Desgraciadamente el hombre, tú y yo, rechaza la Palabra y se hace tiniebla, angustia, ser para la muerte, absurdo radical. Hasta la mitad del texto el juicio histórico del evangelista Juan es tremendamente pesimista. De hecho, todo su evangelio va a ser un conflicto continuado entre Jesús y un mundo incrédulo, que terminará en el proceso y condena de Jesús: “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Pero hacia la mitad del texto el juicio histórico se completa haciéndose esperanzador: hay hombres que aceptan la Palabra y viven la asombrosa experiencia de ser hijos de Dios.

 3.- “Y la Palabra se hizo carne”. La Palabra de Dios no es un sueño fantástico del evangelista en un momento de ensueño nostálgico. No. Es una realidad sensible y tangible, cuyo nombre es Jesús de Nazaret. La realidad de la presencia de Dios ha comenzado a incidir históricamente en los hombres con el comienzo de la vida de Jesús: este suceso constituye el momento decisivo de la historia de la salvación; lo testimonian los cristianos. La palabra “carne” designa en Juan todo lo que constituye la debilidad humana, todo lo que conduce a la muerte como limitación del hombre. La encarnación no es ninguna apariencia: por la experiencia de nuestro ser de hombres es como hemos de acercarnos a Dios, a Jesús. La revelación definitiva de Dios tiene rostro humano. Es una realidad cercana a los hombres. Ha puesto su tienda entre nosotros. Desde el momento de la venida del Hijo al mundo en la debilidad de la “carne”, realiza la presencia de Dios entre los hombres. La comunidad cristiana lee solemnemente el prólogo del evangelio de Juan en la fiesta del nacimiento del Señor. Se trata de proclamar la misericordia y fidelidad de Dios, su gracia, que se han hecho realidad en Jesús. Que Dios no actúa mediante favores pasajeros y limitados, sino con el don permanente y total del Hijo hecho hombre que se llama Jesús, el Cristo.


2.- LA NAVIDAD, EL REGALO DEL PADRE

Por Gabriel González del Estal

1. Dios, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. El Hijo, se nos dice en esta Carta a los Hebreos, es el reflejo de la gloria del Padre, la impronta de su ser. Cuando el Padre, en la Navidad, nos regala a su propio Hijo, nos está regalando la impronta de su propio ser, se nos está regalando a sí mismo. Por eso, la fiesta de Navidad es la fiesta del Dios con nosotros. En los regalos de Navidad los padres quieren regalar a sus hijos algo que les haga ilusión, algo que les haga más felices. Cuando Dios, nuestro Padre, nos vio descarriados y perdidos, quiso enviarnos como regalo a su propio Hijo, para que fuera nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Dios mismo vino, en definitiva, a rescatarnos y a reconducirnos. El Hijo es, pues, el regalo navideño que nos ha hecho el padre a nosotros, sus hijos. Y como Dios es puro amor, al regalarnos a su Hijo nos ha regalado su amor. Por puro amor hemos sido salvados.

2. ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Noticia! También nosotros, como hijos, queremos hacer en estas navidades un regalo a nuestro padre. La Buena Noticia de la que habla hoy el profeta Isaías es la noticia de la presencia victoriosa de Dios en medio de su pueblo. El predicar esta Buena Noticia, este evangelio, a la sociedad en la que nosotros vivimos es el mejor regalo que nosotros podemos hacer al Padre. Predicar el evangelio de su Hijo con nuestras palabras y con nuestra vida a las personas con las que vivimos y convivimos. Decir a la gente que Dios quiere vivir entre nosotros como paz, como justicia, como amor; que Dios mismo quiere ser nuestra paz, nuestra justicia, nuestro amor. Si caminamos por la vida anunciando esta Buena Noticia seremos realmente mensajeros del evangelio de su Hijo. Predicar al mundo el mensaje de la paz, de la justicia y del amor de Dios es el mejor regalo que nosotros, los cristianos, podemos y debemos hacer en estas fiestas a Dios nuestro Padre. Sin olvidar que si la Navidad ha sido un regalo amoroso de Dios hacia cada uno de nosotros, cada uno de nosotros debemos hacer de nuestra vida un regalo amoroso hacia los demás.

3. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Si nos dejamos iluminar por la luz de Cristo, también nosotros seremos luz de Cristo para los demás. Si siempre fue necesaria la luz verdadera para no perderse en las tinieblas, hoy lo es todavía más, porque hoy más que nunca abundan en nuestro mundo multitud de luces que más que orientarnos, nos desorientan. No podemos dejarnos cegar por luces opacas y engañosas, que más que conducirnos por el camino de Dios, intentan guiarnos por caminos torcidos y egoístamente interesados: los caminos de la publicidad, del consumismo, de la economía inhumana, de ideas y culturas superficiales y vacías. Nuestra luz verdadera es Cristo y su evangelio, un evangelio que está construido sobre la base inconmovible de los dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. Dejémonos iluminar por esta luz de Cristo y tratemos de iluminar con esta luz al mundo que nos rodea. Sólo así haremos de nuestra vida una auténtica Navidad.


3.- HERMANOS DEL BUEY Y DE LA MULA

Por José María Maruri, SJ

1.- Ante Dios hecho uno de nosotros, nadie puede quedarse indiferente. Todo el mundo tiene que definirse. De esto tenemos símbolos en los evangelios de estos días. Los pastores abandonan y van a Belén. La estrella se pone en camino y arrastra a los Magos de Oriente. Los posaderos cierran sus puertas a la Madre y al Niño. Herodes se inquieta y teme por su trono. Todos se definen.

Dios hecho hombre, hermanándonos por ser hermano común nuestro es el Misterio Central de nuestra Fe. O lo creemos o no. Si no lo creemos cerremos las puertas y ventanas como tantos vecinos de Belén. Pero si lo aceptamos no tenemos más remedio una postura congruente con nuestra Fe.

2.- Navidad para los que no creen puede ser motivo de borrachera y bandolerismo, para nosotros no. Navidad es Dios hecho carne de nuestra carne, como un hermano de sangre. Un hermano tan hermano de cada uno de nosotros que se toma libertad de sentarse en la butaca junto a la mía y decirme que es hermano mío, y que tiene otros hermanos que lo son también míos. Nos de su Padre, que lo es también mío. Poco más nos dice. Es machacón hasta hacerse molesto.

3.- Este Niño Dios es un niño bueno, no le oímos en lloreras ni en rabietas, porque no le entendemos o no queremos escucharle a la primera. Sabe esperar y se duerme en nuestros brazos porque confía en cada uno de nosotros. Confía que al fin va a triunfar su bondad y nuestra bondad, su generosidad y la nuestra.

Ignacio de Loyola, machacón como buen vasco tiene el mal gusto de poner en la meditación del Nacimiento estas frases: “Mirar como caminan para que el Señor sea ‘nascido’ en suma pobreza y a cabo de tantos trabajos para morir en cruz y todo esto por mi”.

Este nacimiento de Dios es algo personal mío. No tenemos derecho a descafeinarlo diluyéndolo como algo que es de todos, es de cada uno. Y el Niño Dios espera, y el vasco machacón, que “ese por mi”, que emerja todo el amor de que soy capaz. Y que ese amor se convierta en verdadera fraternidad entre el Señor y nosotros. Y entre nosotros… y nosotros.

Un amor que vence todo recelo, rencor, intereses creados, todo aquello que impide que seamos un pueblo de hermanos, como la Iglesia que Jesús soñó, tal vez desde el pesebre de Belén.

En el portal de Belén hay ya tanto pastor y tanto rey que si cabremos, pero apretándonos todos vamos a entrar a pedir al Niño Dios que si no sabemos ser hermanos de esos hombres que nos apretujan, al menos nos haga hermanos del buey y de la mula, que, a su modo, saben convivir y servir a un mismo Señor.

 

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