HOMILIAS: FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA. 30 DE DICIEMBRE, 2011.

Posted on 29 diciembre, 2011

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HOMILIAS: FIESTA DE LA SAGRADA fAMILIA. 30 DE DICIEMBRE, 2011.

1.- SOMOS FAMILIA

Por Pedro Juan Díaz

1.- La celebración de hoy nos sitúa en clave familiar. Es el día de la familia y hemos querido resaltarlo de una manera especial. Hoy estamos invitados todos a renovar nuestro compromiso familiar. Y también a reconocernos familia dentro de la Iglesia, dentro de la comunidad cristiana. Somos familia, somos padres, somos hijos, somos hermanos y la Palabra de Dios de hoy nos invita a vivir esto con intensidad todos los días, y no solo en Navidad.

2.- La primera lectura que hemos escuchado nos pone el fundamento de nuestra relación familiar en el respeto a los padres. Es un mandamiento del decálogo: “Honraras a tu padre y a tu madre”. Y el pueblo de Israel comienza a vivirlo así también. Es su forma de expresar como va integrando la experiencia humana de la vida, y en este caso de la familia, desde su relación con Dios.

3.- Esta familia de sangre, San Pablo la prolonga también en la comunidad cristiana. La Iglesia también es una familia. El fundamento lo pone Pablo en esa relación familiar de los cristianos con nuestro padre Dios, que nos hizo a todos hermanos en su Hijo Jesús. Para nosotros la palabra “hermano” adquiere un significado especial y profundo, nos confraterniza, nos hace familia. Nuestra mirada como familia se dirige a Jesús. Él es nuestro modelo y nuestro referente. Por eso San Pablo da recomendaciones a todos los miembros de la familia, padres e hijos, desde el respeto, la obediencia, la libertad, y fundamentalmente, desde el amor.

4.- Y es que precisamente el amor es el que nos vincula como familia en todos los sentidos. El hijo de Dios no se encarna aisladamente. Lo hace en el seno de una familia para mostrarnos lo importante que ella es para cada persona. Como un padre y una madre cuidan de sus hijos, así quiere Dios cuidar de los hombres. Y nuestras relaciones familiares tienden a fundamentarse en ese gran amor que Dios tuvo con cada uno de nosotros. Tanto amó Dios al mundo que no se guardó ni a su propio hijo. Jesús va adquiriendo conciencia progresiva de su misión y esta se fundamente en la voluntad y en el amor de su Padre Dios por todos los hombres. Él es el gran comunicador del amor de su Padre Dios hacia todos nosotros. Y sus padres tendrán que ir viviendo y asimilando este proceso.

5.- La familia de Nazaret es la Sagrada Familia porque ha sido elegida por Dios para llevar a cabo su designio de salvación. Y seguramente que esta familia conocería bien ese texto del libro del eclesiástico que hemos escuchado en la primera lectura, y que nos dice que la familia no es algo fácil de construir, sino que requiere esfuerzo por parte de todos sus miembros. Nadie ha dicho que construir una familia sea fácil. ¿Es que hay algo en la vida que no cueste esfuerzo? Cada familia, cada pareja que se casa, se convierte en sagrada familia, en cuanto que ponen a Dios en su vida, y Dios la hace sagrada. Y Dios no nos concede tareas que no podamos llevar a cabo. Por tanto, hemos de ser valientes en la experiencia de ser fundadores de familias.

6.- Y lo mismo nos sirve para la comunidad parroquial. Y aquí nos ilumina la segunda lectura. En la comunidad hace falta sobrellevarse mutuamente, perdonarse, y que sea el amor el que nos una. En la comunidad ha de estar la palabra de Dios, para iluminar las situaciones que se van viviendo. En la comunidad hace falta alegría, canto, acción de gracias, gozo. Y todo esto lo aportamos los miembros de la comunidad. Cada uno de nosotros hace la comunidad y cada uno se enriquece de lo que los demás aportan.

7.- Y me gustaría terminar, como siempre, remitiendo a la Eucaristía. Esta mesa, esta roca firme, construye la comunidad, construye la familia. Es una base sólida, es un punto de apoyo inquebrantable. Dios no nos podía haber dado algo más seguro para poder construir la comunidad. Hace falta el esfuerzo de todos. Ya contamos con la garantía de Dios, nuestro padre, que hace a nuestras familias y a nuestras comunidades sagradas con su presencia. Seamos  valientes, renovemos nuestro compromiso familiar y comunitario.


2.- LA FAMILIA, PRIMERA ESCUELA DE EDUCACIÓN EN VALORES

Por José María Martín OSA

1.- El amor y el respeto a los padres. En esta fiesta de la Sagrada Familia, la Iglesia nos invita a contemplar la vida doméstica de Jesús, María y José. Dios hecho hombre quiso nacer, vivir y ser educado en una familia. La familia es el primer ámbito educativo y de integración en la sociedad. El «Dios con nosotros» quiso también vivir la experiencia de la vida familiar. La primera lectura, del Eclesiástico, es un bello comentario al cuarto mandamiento: «honrarás a tu padre y a tu madre». Dios bendice al que honra a sus padres, y escucha sus oraciones. El libro del Eclesiástico nos dice cómo Dios bendice al que honra y respeta a su padre y a su madre. Sin este respeto no es posible la educación. Con la autoridad que Dios les ha confiado, los padres deben asumir su grave responsabilidad educativa. A veces deberán contradecir los caprichos de sus hijos para que aprendan el sacrificio, la renuncia, el dominio propio, el respeto. Sin valores como estos, la convivencia familiar y social se deteriora gravemente. En cambio, como dice el Salmo, quien teme al Señor será bendecido con la prosperidad.

2.- Las virtudes domésticas. San Pablo habla de las virtudes domésticas y de la unión en el amor que deben caracterizar la vida de la familia cristiana: misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión. El amor mutuo es el que debe presidir todas las relaciones familiares. Nos habla también de la oración de la familia, invitándonos a cantar a Dios, darle gracias de corazón con salmos y cantos. San Pablo retoma el tema del cuarto mandamiento, «honrarás a tu padre y a tu madre», como fundamento de las relaciones familiares: “Maridos, amad a vuestras mujeres… Hijos, obedeced a vuestros padres en todo». De este amor y respeto mutuo brotan las bellas relaciones que san Pablo enumera: la humildad, la comprensión, la dulzura, el perdón.

3.- Anticipo de la misión de Jesús. En el Evangelio de narra la Presentación del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén. El interés del relato no está ni en el rescate del Hijo Primogénito ni en el rito de purificación de María, sino en la Plegaria-Himno y en las Palabras Proféticas del Anciano Simeón y también las palabras elogiosas de la Profetisa Ana. El anciano Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce en el Niño Jesús al “Mesías del Señor”, al “Salvador”, “Gloria de Israel” y “Luz, para iluminar a todas las naciones”. Al narrar los episodios en tomo a la Infancia de Jesús a San Lucas le interesa sobre todo anticiparnos lo que iremos comprobando a lo largo del relato evangélico: lo que el Señor hará, y le pasará, en su Ministerio Mesiánico. Las palabras proféticas de Simeón sobre el Niño Jesús recuerdan aquellas otras del Señor: “No he venido a traer paz, sino división”. La actividad mesiánica de Jesús, marcada por el signo de la Cruz, afectará a María su madre: “A ti una espada te traspasará el alma”.

4.- Es difícil, más que nunca la educación de los hijos, pero hay que predicar con el ejemplo. Es una tarea hermosa, pero de una gran responsabilidad. Ante todo, los padres son los primeros educadores de sus hijos y deben ir con el ejemplo por delante. Es muy importante transmitir valores positivos. Esto lo que nos dice esta reflexión:

Los niños aprenden lo que viven.

Si los niños viven con crítica, aprenden a condenar.

Si los niños viven con hostilidad, aprenden a pelear.

Si los niños viven con miedo, aprenden a ser aprensivos.

 

Si los niños viven con lástima, aprenden a sentir pena por ellos mismos.

Si los niños viven con ridículo, aprenden a sentir timidez.

Si los niños viven con celos, aprenden a sentir envidia.

Si los niños viven avergonzados, aprenden a sentir culpa.

 Si los niños viven con estímulo, aprenden a tener confianza.

Si los niños viven con tolerancia, aprenden a ser pacientes.

Si los niños viven con elogios, aprenden a valorar las cosas.

Si los niños viven con aceptación, aprenden a amar.

Si los niños viven con aprobación, aprenden a quererse.

Si los niños viven con reconocimiento, aprenden que es bueno tener una meta.

Si los niños viven compartiendo, aprenden a ser generosos.

Si los niños viven con honestidad, aprenden la sinceridad.

Si los niños viven con imparcialidad, aprenden la justicia.

Si los niños viven con amabilidad y consideración, aprenden el respeto.

Si los niños viven con seguridad, aprenden a tener confianza en sí mismos y en los de su alrededor.

Si los niños viven con amistad, aprenden que el mundo es un lugar agradable donde vivir.


3.- DIOS EN EL CENTRO DE NUESTROS HOGARES

Por Antonio García-Moreno

1.- LA DIGNIDAD EXCELSA DE LOS PADRES.- Hay un orden natural que el Creador ha establecido desde el principio y que debe durar hasta el final El padre merece el respeto y la veneración de los hijos. Estos, al fin y al cabo, le deben la vida, que es lo más grande y hermoso que el hombre ha recibido. Además, a nuestros padres debemos de ordinario lo que somos. Ellos nos iniciaron en el camino que hemos recorrido y se sacrificaron -a veces de forma heroica- para sacarnos adelante. Se desvelaron sin tregua cuando fue necesario, se preocuparon por nuestro bien, sufrieron y lloraron por nuestro mal.

Por todo eso son merecedores de nuestra gratitud, de todos los sacrificios que sean precisos para atenderles y cuidarlos. Con ello no haremos sino cumplir con nuestro deber, pagar una deuda pendiente, saldar una cuenta antigua e ineludible. Además de ser un deber de estricta justicia, Dios ha querido que sea también la mejor manifestación de una auténtica caridad. Por eso el Señor valora y paga con creces cuanto hagamos por nuestros padres. Si no amamos con obras a los nuestros, difícilmente podremos amar, según Dios, a los demás.

La exhortación del texto inspirado adquiere tonos de gran ternura. Así nos hace comprender lo importante que es cuanto dice. Nos explica que nuestros padres son, en cierto modo, los representantes de Dios, los instrumentos de que él se ha valido para traernos a la existencia. De ahí que ofender a un padre es ofender, de forma singular, al mismo Dios de quien, según San Pablo, procede toda paternidad.

Hay que ser constantes en el cumplimiento de este entrañable precepto. Sin embargo, hay momentos en los que su obligatoriedad adquiere una fuerza particular. Así nos lo enseña el autor inspirado cuando nos recomienda que nunca abandonemos a nuestros padres, que seamos siempre indulgentes y comprensivos con ellos, también, y sobre todo, cuando los años los han rendido. Ese período senil en que se vuelven como niños, exigentes y raros quizá, intemperantes e impacientes, desequilibrados acaso por el paso de los días y el peso de las penas.

Son momentos difíciles en los que nuestra paciencia se pondrá a prueba de mil maneras; tiempo demasiado largo quizá en el que demostrar nuestra gratitud de hijos buenos. Ahí nos espera Dios de modo único, nos da una ocasión irrepetible de practicar su divina ley de amor. Si cumplimos con nuestra obligación, estemos seguros de que Dios nos lo tendrá muy en cuenta a la hora del juicio.

2.- PONER A DIOS EN EL CENTRO.- Dentro del tiempo de Navidad celebra la liturgia la fiesta de la Sagrada Familia. Con ello intenta la Iglesia que los creyentes, y todos los hombres, fijemos la mirada en ese hogar de Nazaret, donde se desarrolló la vida sencilla y humilde, maravillosa como ninguna otra, de Jesús, María y José, la Trinidad en la tierra como la llamaron los clásicos de la literatura ascética.

Contemplación de la honradez de José, de la entrega amorosa de María, de la docilidad alegre de aquel Niño que es el mismo Dios. Mirar y aprender, comparar su vida con la nuestra. Repasar, a la luz diáfana y cálida de Nazaret, los rincones sucios y oscuros que se hayan ido formando con el paso del tiempo en nuestra propia familia. Seamos sinceros y reconozcamos que hay quizá serios descalabros, que pueden hundirnos en el marasmo que nos circunda. Posiblemente esto es lo primero que hemos de detectar, que la sociedad se nos pudre lentamente y que esa putrefacción ataca de forma particular a la familia, cimiento sólido de la vida humana.

La principal lección que hemos de aprender en este día, para ponerla para en práctica como remedio eficaz: Es preciso poner a Dios en el centro de nuestros hogares, hacer norma suprema el cumplimiento esmerado de la voluntad divina. Nos dice el Evangelio que “cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor…”. Un detalle, como otros muchos, que ponen de relieve la profunda religiosidad de aquellas dos almas gemelas, la de María y la de José. Poner a Dios en el centro y cumplir, por encima de todo egoísmo y estrechez de miras, sus mandamientos. Es cierto que en ocasiones será costoso, pero no tanto como sufrir las consecuencias de nuestras pasiones y afán de comodidad.

“El niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba”. Pues lo mismo que ocurría en el hogar de Nazaret, ocurrirá en los nuestros. Habrá paz y alegría, la dicha que siempre brota donde hay amor que sabe de renuncias y de comprensión. La unión indisoluble del matrimonio, elevado a sacramento por Jesucristo, se reforzará con el paso de los años. Y el ejemplo de unos padres que saben amar, sin desalientos ni veleidades, forjará a los hijos, capaces de realizar algo grande en la vida.

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