HOMILIAS: II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO B. 15 DE ENERO, 2011

Posted on 13 enero, 2012

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HOMILIAS: ii dOMINGO tIEMPO oRDINARIO. cICLO b. 15 DE ENERO, 2011

1.- UNA EXPERIENCIA ÚNICA: EL ENCUENTRO CON JESÚS

Por José María Martín OSA

1.- Vocación y misión. El relato de la primera lectura del Primer Libro de Samuel nos habla de la vocación. Samuel, un adolescente, dormía en el santuario. Samuel escucha al principio como unas voces que no sabe de dónde vienen; cree que le llama el sumo sacerdote. No reconoce la voz del Señor pues nunca le había hablado antes; no ha aprendido todavía a distinguir la voz de Dios de la voz de los sacerdotes. Por tres veces se repiten las voces misteriosas y el equívoco. Sólo a la cuarta vez comprende Samuel que es el Señor el que le llama y responde a su llamada según las indicaciones de Elí. Entonces Samuel dice: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Más exacto hubiera sido traducir “… que tu siervo está dispuesto a escuchar”. Sin esa disponibilidad del hombre, Dios guarda silencio; pero Dios puede llamar al hombre a responsabilidad, puede despertarle con sus voces, y después dirigirle la palabra. Cuando Dios habla y el hombre escucha se renueva la historia de salvación. Samuel escuchaba a Dios y anunciaba al pueblo lo que escuchaba y no otra cosa. Por eso sus palabras se cumplían y Dios acreditaba a su profeta delante del pueblo. Samuel era “un hombre de Dios”. Y Dios estaba con él; era el Dios de Samuel. Vocación y misión van unidas. Para poder desempeñar la misión que Dios nos encomienda es necesaria la disponibilidad que proclamamos en el Salmo: “Aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad”

2.- El camino de encuentro con Jesucristo. En el texto del evangelio de Juan que hoy leemos difícilmente podemos hablar de un relato de vocación ya que falta el elemento fundamental en este tipo de relatos: la iniciativa del que llama. En el relato de Juan, Jesús no es quien lleva la iniciativa, salvo en el versículo último; la iniciativa la llevan los dos discípulos del Bautista. En realidad, el autor presenta en síntesis el proceso formativo de la comunidad cristiana. El texto usa tres verbos para expresar lo que han de vivir los discípulos junto a Jesús: “fueron…vieron…se quedaron con El”. Es el camino que recorre aquél que se encuentra con Jesús y le reconoce como Alguien que da sentido a su vida. Sus comienzos son muy simples: un escuchar a alguien que habla de Jesús. Después vienen el seguir, el ver, el indagar, tal vez por simple curiosidad; no importa, el caso es buscar allí donde creo que está Jesús. Un día, seguro, vendrá el encuentro. No será un encuentro conceptual (las ideas solas nunca salvan) sino existencial. Será una experiencia transformadora. Te sacará de ti mismo, de tu egoísmo, de tu falta de horizontes, y te pondrá en contacto con los demás, a los que comunicarás tu descubrimiento de Jesús como líder de todos tus anhelos y esperanzas. Es incluso posible que te cambie el nombre, que te confíe una función, una misión de consolidación dentro de la comunidad.

3.- Seguir por amor al que nos amó primero es una maravillosa experiencia. Juan presenta a Jesús sirviéndose de una imagen figurada: el cordero de Dios. La imagen remite al sacrificio de los corderos en el Templo para la cena de Pascua. En el cuarto evangelio, en efecto, Jesús muere en las horas en que eran sacrificados los corderos que iban a ser comidos en la cena de pascua. De la mano del autor de este texto, la andadura que comenzamos en estos domingos primeros del tiempo ordinario nos lleva a la cruz, ese lugar en alto en el que tiene que ser levantado el Hijo del hombre, como dirá Jesús a Nicodemo. La cruz es el lugar donde Jesús vive, porque es el lugar donde se pone de manifiesto sin el menor resquicio de sombra el amor. En efecto, el amor supremo consiste en dar la vida, como va a decir Jesús a sus discípulos. Y si hay algo que Jesús ha hecho, esto ha sido, precisamente, amar. De ahí que sea el amor el lugar en el que él vive y el lugar en el que únicamente se le puede encontrar. Aquél que sigue de verdad a Jesús es porque se ha enamorado de El. “Eran las cuatro de la tarde” cuando se quedaron con El. El que vive esta maravillosa experiencia del encuentro con el Señor no olvida ni el día ni la hora. Así lo expresa San Agustín al comentar este evangelio: “¡Qué día tan feliz y qué noche tan deliciosa pasaron…! Edifiquemos y levantemos también nosotros una casa en nuestro corazón a donde venga él a hablar con nosotros y a enseñarnos.


 

2.- DIOS NOS CONOCE POR NUESTRO NOMBRE PROPIO

Por Antonio García-Moreno

1.- AQUÍ ESTOY, SEÑOR.- Samuel vivía en el templo de Jerusalén. Su madre, Ana, era estéril y, a fuerza de oraciones y lágrimas, había conseguido de Dios tener hijos. Y ella, agradecida, había consagrado Para servicio de Dios a Samuel, el primogénito… Y una noche Dios llamó a Samuel. El niño despierta al oír su nombre y acude a la habitación de Helí, el sacerdote y le dice: “Heme aquí, pues me has llamado”. “No te he llamado -responde el anciano-, vuelve a acostarte, hijo mío”. Pero Dios sigue llamando segunda y tercera vez. Hasta ser escuchado. Y es que Dios es un Padre providente y bueno que se pre-ocupa de sus hijos, que tiene un proyecto maravilloso para cada uno de ellos. Y los llama, una y otra vez, para que sigan el camino concreto que él ha soñado con cariño desde toda la eternidad.

La voz de Dios resuena también en la noche de tu vida. De mil maneras te puede llegar el deseo de Dios sobre ti. Un pensamiento que te hiere en el alma, un acontecimiento que te conmueve, unas palabras que te afectan, un ejemplo que te arrastra. Cualquier cosa es buena para hacer vibrar en nuestro espíritu la voz de Dios. Puedes estar seguro, él hablará. Te seguirá hablando al corazón, esperando tu respuesta.

Dios nos conoce por nuestro nombre propio. Para la sociedad, para el Estado, somos unos números, una sigla que ocupa un lugar determinado en unos ficheros metálicos y fríos, o en un “disco duro”. Pero Dios, no. Él nos lleva “escritos en sus manos”, muy metidos en su inmenso y tierno corazón… Samuel, el pequeño primogénito de la que fue estéril, responde: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Actitud de entrega sin condiciones, de docilidad total. Consciente de que lo que Dios diga, es, sin duda alguna, lo mejor.

Ponte a la escucha. Dios no se ha vuelto mudo. No habla tan bajo que se haga difícil entenderle. Siendo lo mejor para ti y amándote el Señor como te ama, no puede ser tan arriesgado conocer cuál es su voluntad. Lo que ocurre es que somos torpes, tremendamente torpes. Y no comprendemos la voluntad de Dios, tan contraria a veces a la nuestra. Y nos empeñamos en seguir nuestro propio camino, el que nuestra imaginación de niño tonto ha escogido. Hay que rectificar y recorrer la ruta que el Señor nos indica. Sin importarnos para nada el sendero, en apariencia cuesta arriba, que Dios nos marque.

2.- LA CRUZ Y LA GLORIA.- Siempre hubo líderes entre los hombres, siempre existieron caudillos, jefes natos, maestros con autoridad que supieron convencer y arrastrar a otros tras de sí. Sin embargo, en determinadas épocas el liderazgo se hizo más frecuente. Quizá porque entonces había más necesidad de ello, de alguien que guiara y liberara al pueblo de la opresión. En tiempo de Jesucristo hubo muchos que pretendieron erigirse en guías salvadores del pueblo, según nos refiere Gamaliel en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Fueron hombres que, aprovechando la situación de desamparo y desconcierta-to que había en el pueblo, se presentaban como Mesías redentor, capaces de liberar a la gente de las cadenas del imperio romano que les subyugaba.

Me da pena esta gente -dijo Jesús- porque están abatidos y descaminados, como ovejas sin pastor. Y llevado por su inmensa compasión, Cristo se puso al frente de su pueblo, como supremo Pastor que no huiría ante el peligro como hicieron, y hacen siempre, los pastores malos, los mercenarios. El Buen Pastor, en cambio, no busca su propio provecho sino el de sus ovejas, a las que conoce una a una y las llama por su nombre, a las que ama hasta entregarles su vida misma.

Apenas aparece Jesús por las riberas del Jordán, el Bautista le señala sin titubeos: Este es el Cordero de Dios. Ante sus palabras algunos de sus discípulos van tras el nuevo Rabí. La impresión del primer encuentro fue tan profunda, que dejan al antiguo Maestro y siguen a Jesús el Nazareno. Respecto al título de Cordero de Dios, es cierto que, a primera vista, puede parecer un tanto extraño, impropio incluso de quien es el líder supremo, el más excelso rey soberano de la Historia. Sin embargo, es un título que en aquel tiempo tenía un sentido que implicaba realeza y poderío. Así, en efecto, lo refleja la literatura apocalíptica de aquella época, como se puede ver claramente en el Apocalipsis, el último libro de la Biblia.

Ese título cristológico está, además, relacionado con el cordero pascual con cuya sangre, según el libro del Éxodo, fueron señalados los dinteles de las casas israelitas, librando así de la muerte a sus moradores, cuando el ángel exterminador pasó ejecutando el castigo de Yahveh. Por otra parte esa figura deriva de los poemas de Isaías sobre el Siervo paciente de Yahveh, que marcha al sacrificio sin protestar, lo mismo que un cordero hacia el matadero. De esa forma aparece el Siervo paciente de Yahveh, que con su muerte redime al pueblo y es constituido como Rey de Israel y de todo el Orbe… En efecto, Jesús llega por el camino de la Cruz hasta la cumbre de la Gloria. Con la huella indeleble de sus pisadas marca el itinerario, costoso y alegre a la vez, que hemos de recorrer cuantos creemos y esperamos en él, cuantos le amamos sobre todas las cosas.


3.- EL CORDERO DE DIOS

Por Gabriel González del Estal

1.- Este es el cordero de Dios. Cuando Juan dice a los dos discípulos que le acompañaban que Jesús es el cordero de Dios, estos entendieron perfectamente lo que Juan quería decirles. Se refería, sin duda, al cordero pascual, al cordero que, en la Pascua judía, se sacrificaba en el Templo, entre las doce y las tres de la tarde. Cuando la familia judía comía el cordero pascual recordaba el momento de la liberación de Egipto y daba gracias a Dios por la liberación. El cordero pascual simbolizaba y significaba, pues, el perdón y la misericordia de Dios y, sobre todo, la protección que Yahveh ejerció y seguía ejerciendo siempre sobre su pueblo escogido. Si Juan les decía que Jesús era el cordero de Dios, lo que les estaba diciendo Juan es que Jesús era la persona enviada por Dios para que, con su vida y muerte, les liberara del pecado y les reconciliara con el Padre. Ahora, nosotros, los cristianos, entendemos también perfectamente lo que significa la expresión. Diariamente, en nuestras eucaristías, antes de acercarnos a comulgar, decimos: “cordero de Dios que quitas el pecado del mundo”. Queremos comulgar con el Cristo liberador y perdonador, que voluntariamente se sacrificó y se inmoló por nuestra salvación. Cada comunión debe ser para nosotros “la cena del Señor”, la comida del cordero pascual, el cordero de Dios. Debemos comulgar con alegría, dichosos, porque, al participar en “la cena del Señor”, comulgamos con el Mesías, con el Señor que nos salva.

2.- Y lo llevó a Jesús. Esto es lo que hizo Andrés con su hermano Pedro: llevarlo hasta Jesús. Andrés se había encontrado con Jesús, con el Mesías, con el Salvador, y quiso compartir con su hermano Pedro la alegría que le había producido este encuentro. Esta debe ser también la misión de todos y cada uno de los cristianos: encontrarnos primero nosotros con Jesús y llevar, después, a las personas con las que nosotros nos encontremos al encuentro con Jesús. Se trata de transmitir a los demás no una noticia, sino una experiencia. Si Andrés no hubiera descubierto en Jesús, vital y emocionalmente, al Mesías, al Salvador, no hubiera animado a su hermano Pedro a acudir a su encuentro. En nuestras catequesis, más que hacer de maestros de una doctrina cristiana, debemos hacer de testigos de un encuentro con Jesús. Los testigos convencen más que los maestros. Esforcémonos en llevar a nuestros jóvenes hasta Jesús, más con nuestro ejemplo que con nuestras palabras, más como testigos que como maestros.

3.- Habla, que tu siervo escucha. El profeta Samuel fue consagrado a Dios por sus padres Ana y Elcaná, y vivía, desde muy niño, en el Templo, a las órdenes de Elí, sacerdote encargado del Arca de la Alianza. Era un niño dócil y siempre dispuesto a cumplir lo que su señor le mandara. Aún no conocía el niño Samuel la voz del Señor y pensaba, inocentemente, que la voz de su señor, Elí, era la voz del Señor. El sacerdote Elí tenía dos hijos corruptos a los que no había conseguido corregir con autoridad, pero fue bueno con Samuel y le enseñó a distinguir la voz de Dios. Cuando el niño Samuel conoció la verdadera voz de Dios respondió con total inocencia y determinación: “habla, Señor, que tu siervo escucha”. Es esta una bella oración que debemos repetir nosotros con voluntad sincera de escuchar al Señor. El profeta Samuel, a lo largo de toda su vida, escuchó siempre al Señor y, por eso, fue para su pueblo Palabra de Dios. Escuchemos nosotros al Señor, dejemos que la palabra de Dios nos guíe y seamos nosotros también palabra de Dios para los demás. Repitamos frecuentemente, hoy y todos los días, las palabras del salmo: “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

4.- Glorificad a Dios con vuestro cuerpo. San Pablo, como buen judío, sabía que el hombre es una unidad de cuerpo y alma. El cuerpo humano está habitado por el espíritu y Dios es el creador tanto del cuerpo como del espíritu. Tanto el cuerpo como el espíritu deben servir a Dios, deben glorificar a Dios. Parece que algunos cristianos de la comunidad de Corinto, influenciados por ciertas filosofías helenistas, pensaban que el cuerpo era algo deleznable y que Dios no tenía en cuenta lo que se hacía con el cuerpo, porque lo importante en el hombre era sólo el espíritu. Pablo les dice que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo, por lo que glorificar al cuerpo es, al mismo tiempo, glorificar al Espíritu Santo que habita en él. También para el hombre de hoy, para quien tan importante es el culto al cuerpo, son muy recomendables y oportunas estas palabras de San Pablo: “glorificad a Dios con vuestro cuerpo”.

 

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