HOMILIAS: VII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO B. 19 DE FEBRERO 2012.

Posted on 15 febrero, 2012

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HOMILIAS: VII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO B. 19 DE FEBRERO 2012.

1.- CAMINANDO Y PERDONANDO

Por Pedro Juan Díaz

1.- Con esta celebración, cerramos la primera parte de los domingos del Tiempo Ordinario, para abrirnos a un cambio litúrgico fuerte: el próximo miércoles comenzaremos la Cuaresma, es miércoles de ceniza. Y este evangelio nos va a ayudar a prepararnos para este cambio, desde lo más profundo de nuestro corazón. Una vez más, el encuentro con Jesús produce sanación física y espiritual para esta persona que estaba postrada en una camilla y era considerado un pecador.

2.- Pero vayamos por partes. En concreto, podrían ser dos las partes en las que dividiéramos este evangelio: la curación de un hombre y la controversia que eso provoca con los maestros de la ley (escribas). San Marcos nos sitúa, de nuevo, en Cafarnaúm, el pueblo de Jesús, “estaba en casa”, en la casa de sus amigos Pedro y Andrés, donde curó a la suegra del primero y a muchos enfermos que fueron a la puerta. Esta vez ocurre lo mismo. En cuanto se corre la voz, la puerta de la casa se llena de gente. Marcos utiliza dos expresiones que nos ayudan a hacernos una composición de lugar: “acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta”; y “no podían meterlo por el gentío”.

3.- Llegan cuatro personas con una fe muy grande. Cargan con un amigo, paralítico. Luchan por todos los medios para llevarlo hasta Jesús. Tienen fe, luchan contra la adversidad, son creativos. Es el rostro simbólico de una comunidad cristiana que hace lo que haga falta para llegar hasta Jesús y encontrarse con Él. Aquel paralítico no sólo es un enfermo, sino que ha sido etiquetado como pecador (la enfermedad es consecuencia de su pecado, según la mentalidad judía). Jesús ve la fe de aquellos hombres y la amistad profunda que sienten hacia el paralítico. La fe es creativa, la fe no se rinde, la fe hará posible el milagro. Rompen el tejado de la casa de Pedro y descuelgan la camilla del paralítico con unas cuerdas, hasta que lo ponen delante de Jesús.

4.- Las primeras palabras de Jesús son para liberarlo de su carga: “hijo, tus pecados quedan perdonados”. Jesús entra hasta lo más profundo de la persona y nos libra de la carga de nuestros pecados. Es la nueva creación de la que habla el profeta Isaías: “mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?”. El encuentro con Jesús nos transforma en hombres y mujeres nuevos, libres, capaces de andar al encuentro de los demás para compartir esta Buena Noticia, y también capaces de ir al encuentro de Dios. Después del encuentro con Jesús, se sale caminando y perdonado. Es el encuentro con el Jesús del perdón. La Cuaresma que vamos a comenzar será un buen momento para encontrarnos con este Jesús a través del Sacramento de la Reconciliación.

5.- Pero lo de “perdonar pecados” causa un cierto revuelo entre los maestros de la ley que están allí, escuchando lo que dice Jesús. “Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios”? No tienen la fe necesaria para descubrir en Jesús a Dios que viene a nuestro encuentro para sanarnos, por dentro y por fuera, física y espiritualmente. Un Jesús que perdona los pecados es incomprensible para aquellos escribas. Ellos son verdaderamente los “paralíticos” en aquella escena.

6.- Sin embargo, Jesús vuelve a intervenir, para demostrarles que hay algo nuevo que está brotando de parte de Dios, que Dios está en medio de ellos y que no viene a traer enfermedades y parálisis, sino amor y felicidad para todos sus hijos e hijas, especialmente para aquellos que peor lo pasan. Jesús viene a traernos el perdón de Dios, que libera. Por eso le dice al paralítico: “levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”.

7.- La gente se queda “atónita”, se maravilla, alaban a Dios y dicen no haber visto nunca nada igual. La nueva creación anunciada por el profeta Isaías está empezando a brotar. Se trata de hacer el gran esfuerzo de acompañar al mundo hacia Jesús para que el encuentro con Él nos sane y nos perdone, para que seamos hombres y mujeres, nuevos, capaces de construir un mundo nuevo y mejor para todos, como Dios quiere, como Dios manda.

8.- A través de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y de la Confesión, nos encontramos con el Dios del amor y del perdón, que nos sana y nos revitaliza, nos transforma y nos invita a ser nosotros también transformadores, a salir de aquí como aquel paralítico: caminando y perdonados, yendo al encuentro de los hermanos para anunciarles esta Buena Noticia. Se trata de ser fieles al proyecto de Jesús y de vivir de manera consecuente con nuestra fe. Así se lo expresa también San Pablo a los Corintios en la segunda lectura. Proclamemos ahora nuestra fe y seamos consecuentes en nuestra vida con lo que vamos a decir aquí de palabra.

 

2.- JESÚS SIGUE ENSEÑANDO CON AUTORIDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- Nunca hemos visto una cosa igual. Se repite una escena parecida a la que comentábamos hace unos días, cuando leíamos que Jesús curó a una persona poseída por un espíritu inmundo. La gente dijo entonces: este enseñar con autoridad es algo nuevo, hasta los espíritus inmundos le obedecen. Hoy, cuando leemos que Jesús perdona y cura a un paralítico, vemos que la gente dice: nunca hemos visto una cosa igual. Jesús actuaba de una manera distinta a como actuaban los escribas, fariseos y demás maestros y charlatanes de entonces. Jesús demostraba con sus obras la verdad de sus palabras. Yo creo que esto es lo que sigue distinguiendo, también hoy, el hablar y el actuar de Jesús, del hablar y actuar de muchas personas y de muchos cristianos, Iglesias e instituciones cristianas, en general. La gente nos oye predicar que son bienaventurados los pobres, pero ve que nosotros no queremos ser pobres; nos oye decir que son bienaventurados los que luchan contra la injusticia, pero ve que nosotros vivimos muy acomodados en nuestro mundo injusto; nos oye decir que son bienaventurados los que son limpios de corazón, pero ve que muchos de nosotros no somos castos, ni puros, ni en nuestras intenciones, ni en nuestras acciones. Y así en otras muchas cosas. Hablamos muy bien, pero vivimos también “muy bien”, sin acercarnos, ni comprometernos con los que se ven obligados a vivir muy mal. La gente ve que nuestras palabras van por un lado y nuestras acciones por otro. No hablamos “con autoridad”, porque no demostramos con nuestras obras lo que decimos con nuestras palabras. Hay entre nosotros, afortunadamente, muchas honrosas excepciones, Cáritas es una de ellas. Pero es verdad que mucha gente nos ve a nosotros, y a nuestra Iglesia, así: que hablamos bien, pero que no actuamos en consecuencia, que estamos poco comprometidos con la realidad injusta en la que vivimos. No ve que hablemos con autoridad.

2.- Mirad que realizo algo nuevo. El profeta Isaías, casi seis siglos antes de Cristo, también dice a su pueblo que Dios va a realizar algo nuevo: abrirá caminos en el desierto y ríos en el yermo. El pueblo que confía en el Señor no debe perder nunca la esperanza: la misericordia de Dios es mucho más grande que los pecados de los hombres. Dios nos regala siempre su perdón y nos ofrece su ayuda gratuita. Nosotros debemos dejarnos gobernar por Dios y seguir sus caminos. El texto del profeta Isaías es un mensaje de esperanza a un pueblo que estaba abatido y desanimado. Es cuestión de confiar en Dios y de dejarse guiar por él. Nuestra fe debe ser siempre el sostén de nuestra esperanza en Dios.

3.- La palabra que os dirigimos no fue primero “sí” y luego “no”. San Pablo, en esta su carta de consolación, les dice a los corintios que no ha cambiado su actitud hacia ellos. Si no ha podido visitarles tan pronto como les había prometido, no ha sido por falta de voluntad. Él ha estado siempre dispuesto a ayudarles, porque se siente enviado por Cristo para cumplir la misión de evangelizarles. Se atreve a decirles que, en esto, imita a Cristo, que fue un “sí” total y definitivo a la voluntad del Padre; Cristo fue el realizador total de las promesas de Dios. Probablemente, nosotros mezclamos muchas veces el sí con el no inadecuadamente y no siempre que decimos “sí” es “sí”, ni cuando decimos “no” es siempre “no”. Debemos pedirle a Dios que sea siempre su Espíritu, el Espíritu de Cristo, el que nos dicte en cada caso cuándo debemos decir “sí” y cuándo debemos decir “no”. Y actuar en consecuencia.

4.- Sáname, Señor, porque he pecado contra ti. Hemos pecado muchas veces contra el Señor; por eso, estamos espiritualmente enfermos. Debemos pedir al Señor perdón por nuestras culpas y la salud del alma y del cuerpo. Como veíamos en el evangelio, Cristo puede perdonar nuestras culpas y sanar nuestras enfermedades. Pidamos, pues, a Dios siempre la salud, primero la salud del alma y, siempre que sea para nuestro bien, también la salud del cuerpo. Los judíos pensaban que la enfermedad del cuerpo era consecuencia del pecado del alma; nosotros no pensamos exactamente así, pero sabemos que muchas enfermedades del cuerpo siguen siendo hoy consecuencia de nuestros pecados. Si en nosotros, como individuos, y en la sociedad, como estructura social, desapareciera el pecado, desaparecerían automáticamente también muchas de las enfermedades que padecemos.

 

3.- LA GRANDEZA DEL AMOR DIVINO

Por Antonio García-Moreno

1.- UN CAMINO EN EL DESIERTO.- El Señor exhorta a los israelitas a que se olviden del pasado, para que traten de hacer borrón y cuenta nueva. Todos aquellos tristes acontecimientos, tejidos de traiciones y castigos, han ser diluidos en las sombras del pasado… Esta exhortación nos alcanza también a nosotros que, como ellos tenemos tantas cosas de las que mejor es olvidarse. El Señor, por lo tanto, quiere que una vez confesados nuestros pecados y cumplida la penitencia impuesta, lo que hay que hacer es olvidarse de todo.

Dios nos presenta una nueva etapa, prepara una época distinta. Para los israelitas de entonces consistió en que, de nuevo, estuvo ¬el Señor de su parte y les levantó el castigo merecido por sus infidelidades. El destierro de Babilonia llegaba a su fin, otra vez volverían a la patria soñada, a vivir en su propia tierra, libres y en paz. Para nosotros la nueva etapa comenzó con la venida de Jesucristo, gracias a la cual la antigua deuda, contraída por los hombres en Adán, quedó absolutamente saldada. Así, con la muerte glorificación de nuestro Señor, muere un triste pasado y se inicia un futuro glorioso.

La distancia que separaba a Israel de la tierra de promisión estaba cubierta por desiertos intransitables, lugar pedregoso y seco que sólo las alimañas lo habitaban. Sin caminos y sin agua era un paraje casi imposible de cruzar. Por eso la promesa del Señor tiene un valor muy grande: les promete abrir un camino que el viento cargado de arena no podrá borrar, hará brotar el agua a torrentes por entre las piedras. De ese modo el desierto se hará andadero y la sed encontrará alivio.

Son acontecimientos que encierran en sí una enseñanza clara para los que, hasta la muerte, hemos de caminar por este, a veces intransitable, desierto que es la vida. Con ello se nos anima a que emprendamos de nuevo el camino y lo prosigamos con tesón ilusionado, con el esfuerzo y entusiasmo que proporciona el saber que Dios nos acompañará hasta el final, seguros de que llegaremos a nuestra verdadera y definitiva patria. Estemos seguros, el Señor no faltará a su promesa, nos ayudará siempre en los momentos difíciles, que los habrá, de nuestro largo recorrido.

Es cierto que la vida está llena de dificultades, sellada con la cruz que en ocasiones se nos hace poco menos que insoportable. Sin duda que la existencia del hombre que quiere llegar al Cielo está cruzada por mil obstáculos. Pero no hay que desanimarse nunca. El Señor quiere que nos olvidemos del pasado y miremos hacia delante con esperanza ya que Él no nos abandonará jamás.

2.- EL PERDÓN DE DIOS.- Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se vio muchas veces rodeado de la muchedumbre, por esa gente sencilla y buena que tiene una especial sensibilidad para las cosas de Dios. Y al decir gente sencilla no queremos decir ignorantes. También hubo entre los seguidores de Cristo hombres instruidos e influyentes, como fueron Nicodemo y José de Arimatea. En realidad, los que buscan a Dios, entonces como ahora, son los que tienen un corazón sencillo y recto, los que saben y reconocen humildemente la limitación humana y la radical indigencia de Dios que el hombre tiene.

En la ocasión relatada por el evangelio de hoy, es tanta la multitud alrededor de Cristo que resulta imposible llegar hasta Él. Así lo comprendieron quienes llevaban a su amigo paralítico y querían presentárselo a Jesús para que lo curara. Eran estos hombres de fe profunda, rayana en la audacia, amigos de verdad, que no escatimaban ningún esfuerzo ni sacrificio en favor del amigo enfermo. Por eso para ellos no existían obstáculos insuperables, y como no podían hacerlo de otra forma, se suben a la terraza de la casa y allí abrieron un hueco para descolgar, ante la sorpresa de todos, al amigo paralítico. Ejemplo de amistad sincera y de fe honda, de entrega generosa y de sacrificio abnegado en favor del amigo.

Jesús alaba la fe de aquellos hombres y se compadece del paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Era el peor mal que aquel pobrecillo padecía, la parálisis del espíritu. En efecto, un solo pecado es más dañino para el hombre que todas las enfermedades juntas. Ojalá lo entendamos y recobremos el sentido del pecado, tan olvidado a veces.

Las palabras de Jesús provocan una oleada de protesta interior: Quién es éste para decir eso. Es una blasfemia, pues sólo Dios puede perdonar los pecados. Y tenían razón para pensar así, ya que no creían en la divinidad de Cristo y es verdad que sólo siendo Dios tiene el poder supremo de perdonar los pecados. Pero Jesús tenía ese poder por ser Dios. Para probarlo cura al paralítico milagrosamente, avalando así con sus obras la verdad de sus palabras.

Poder divino de perdonar al hombre y reintegrarlo a la amistad con Dios. Poder que Jesús transfiere a sus apóstoles para que ellos, y también sus sucesores, puedan perdonar los pecados del hombre. Nunca vimos tal cosa, decían admirados y glorificando a Dios. Comprendieron la maravilla de tal poder y se alegraban profundamente… Pensemos en la grandeza del amor divino que se manifiesta de modo particular con el perdón de nuestros pecados, respondamos a ese gesto de misericordia y acudamos con frecuencia al sacramento del perdón para recuperar la gracia, la amistad entrañable y única de Dios.

 

 

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