HOMILIAS: III DOMINGO DE CUARESMA. CICLO B. 11 DE MARZO, 2012 1.-

Posted on 8 marzo, 2012

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HOMILIAS: III DOMINGO DE CUARESMA. CICLO B. 11 DE MARZO, 2012 1.- PROFANAR EL TEMPLO Por Gabriel González del Estal 1.- No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y los cambistas, no pensaban que estaban profanando el templo. Estaban ejerciendo un oficio legal y beneficioso para muchas personas. Los que iban al templo a ofrecer el sacrificio de algún animal necesitaban previamente comprar el animal y los que venían de fuera y no tenían moneda oficial necesitaban cambiar sus monedas para pagar el animal del sacrificio. Lo hacían, además, en el atrio de los gentiles, no en el interior sagrado del templo. Su actividad no sólo era legal, sino necesaria. Entonces, ¿por qué les echa del templo Jesús a latigazo limpio? Seguramente, no por lo que hacían, sino por el modo y el lugar donde lo hacían. Porque, aunque su actividad fuera civil y religiosamente permitida, no era una actividad al servicio de la religión, sino únicamente al servicio del mercado. Todo el templo debía estar al servicio de la religión, pero los vendedores y cambistas usaban el templo con intereses exclusivamente comerciales. Para ellos el templo no era un lugar al servicio de la religión, sino un lugar al servicio de un mercado, del que ellos eran los principales beneficiarios. Ellos se aprovechaban de las personas sencillas y religiosas, no para servir a la religión, sino para llenar sus bolsillos. Los sacerdotes y mandatarios del templo lo permitían y alentaban porque también ellos se enriquecían con la actividad de los vendedores y cambistas. Jesús quería purificar el templo, purificando todas las actividades que se hacían en el templo. Nunca la religión al servicio del mercado; el único fin de la religión es acercarnos a Dios y vivir en comunión con él. Toda actividad religiosa que tenga otros fines merece ser purificada y Jesús la rechazaría, aunque los jefes religiosos de turno la permitan y la alaben. Que cada uno de nosotros –preferentemente los que tengamos mayor responsabilidad en iglesias y santuarios- saquemos las consecuencias pertinentes, no sea que Jesús tenga que venir a expulsarnos del templo también a alguno de nosotros a latigazo limpio. 2.- Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Jesús dice esto en respuesta a los judíos que le preguntan: ¿qué signos nos muestras para actuar así? ¿Cómo debemos entender ahora nosotros la respuesta de Jesús? Todos sabemos que, cuándo se escribe este texto evangélico, el templo de Jerusalén ya había sido destruido. Para aquellos primeros cristianos el único templo vivo al que ellos debían acudir para obtener de Dios el perdón y la gracia es Jesucristo. Jesucristo es el único y verdadero templo vivo. Por el bautismo también nosotros somos templos vivos de Dios San Pablo explicará esto sabiamente en sus cartas, sobre todo en su primera carta a los corintios. “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en vosotros?… El templo de Dios es santo. Ese templo sois vosotros… Glorificad a Dios con vuestro cuerpo”. Sí, cada uno de nosotros somos cuerpo de Cristo, templo de Dios. Esta certeza de que todos nosotros debemos vivir como templos vivos nos debe llenar de alegría y de responsabilidad. Con el mismo respeto y amor con el que comulgamos con Dios, debemos comulgar con nuestros hermanos. Toda persona está llamada a ser gloria de Dios. No despreciemos nunca a una persona humana. 3.- No tendrás otros dioses frente a mí. Sólo a Dios debemos adorar y servir. El decálogo, las diez palabras, se resumen en esto: adorar y servir a Dios y, en Dios y por Dios, a los hermanos. El decálogo, las diez palabras del Antiguo Testamento, tienen estos dos polos y horizontes de referencia: Dios y el prójimo. Así los entendió y los practicó Jesús, mientras estuvo en la tierra. Por eso nos dirá que los diez mandamientos se encierran en dos: amar a Dios y al prójimo. Y, poniéndose él mismo como ejemplo, se atreverá a decirnos: “os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo he amado”. Una manera maravillosa de cumplir los diez mandamientos de la Ley. 2.- UNA NUEVA MANERA DE VIVIR LA RELIGIÓN Por Pedro Juan Díaz 1.- La Palabra de Dios de hoy nos muestra un proceso, una evolución en la manera de vivir la religión. La lectura del capítulo 20 del libro del Éxodo no se entiende igual sin la reflexión que Pablo hace a los Corintios, la cual, a su vez, nos explica la actitud de Jesús en el Templo de Jerusalén. Me explico: •Dios hace una alianza con el pueblo de Israel. Él los ha liberado de la esclavitud de Egipto y los ha sacado al desierto, para encaminarlos a la tierra prometida. Ahora, en el desierto, han de vivir como Pueblo de Dios, pero tienen muchos peligros y tentaciones que les harán irse con falsos dioses. Por eso Dios les da los diez mandamientos, no como una imposición de normas, sino como un código de convivencia y de fidelidad. Pero Dios sabe muy bien como somos las personas y de nuestra fragilidad. Por eso, a pesar de las infidelidades del pueblo, Dios será justo y mantendrá su promesa. Será el Dios fiel, y esa fidelidad ayudará al pueblo a tomar conciencia de su fragilidad y a recurrir al perdón de Dios constantemente. Y Dios ayudará al pueblo, una y otra vez, a vivir con la dignidad de Pueblo de Dios. 2.- En el “momento culminante” de la historia, Dios envía a su propio Hijo, Jesús, para dar plenitud a esa alianza, para demostrar, una vez más, que está de parte de su pueblo, de parte de las personas que quieran acoger su Buena Noticia. Y Jesús muere crucificado, de manera escandalosa para los judíos y absurda para los gentiles. Parece que Dios ha perdido, que se muestra débil, que su alianza con los hombres no tiene ningún futuro. Pero la muerte de Jesús es redentora. Jesús crucifica con Él el pecado y el dolor de todas las criaturas y hace la alianza con las personas más fuerte aún. Ahora cada persona es sagrada, es hija de Dios, heredera de la VIDA (con mayúsculas) que Jesús “nos ha ganado” con su entrega en la cruz. Jesús resucita y nace un Nuevo Pueblo, la Iglesia, donde el único mandamiento es: “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34); y donde la regla de convivencia principal dice: “tratad a los demás como queráis que ellos os traten” (Mt 7,12). Ha nacido una nueva manera de vivir la religión. 3.- Por eso Jesús denuncia la esterilidad y la perversión del Templo de Jerusalén. Ya no sirve, porque ha sido convertido en un espacio de mercado, de negocio, de interés materialista, que no respeta a las personas. Ahora hay un nuevo Templo, un nuevo lugar de encuentro con Dios: la persona de Jesús, su vida, su muerte, su resurrección. Y junto con Él, un segundo templo que también debe ser respetado: la persona humana. Ambos son lugares sagrados. ¿Y qué pasa con nuestras iglesias? Son útiles en cuanto que nos ayudan a encontrarnos con Jesucristo y nos sirven de punto de encuentro para celebrar nuestra fe de manera comunitaria. Pero no agotan la posibilidad del encuentro con Dios. 4.- La religión ha de entenderse, necesariamente, de otra manera. No la podemos reducir a cumplir una serie de normas o mandamientos que nos manda Dios, o la Iglesia. Nuestro Dios es el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, que nos sacó de Egipto, que hizo una alianza con nosotros y la llevó a su plenitud enviando a su Hijo Jesús, que nos amó hasta el extremo, que murió y resucitó por nosotros, y que vive y está con nosotros cada día a través de su Palabra, de su testimonio en otras personas que nos alientan en el camino de la fe, de su amor convertido en entrega generosa en el pan y el vino y en presencia amorosa en los más pobres y desfavorecidos. 5.- La nueva religión de Jesús no se basa en normas, sino en amor. Y la Iglesia es la comunidad de los que experimentamos ese amor que Dios nos tiene y lo hacemos vida a través de nuestro compromiso con cada persona, que es sagrada y en la que nos encontramos con el mismo Dios. Todo esto no se puede reducir a cumplir un mandamiento, es mucho más grande que todo eso. Los mandamientos nos servirán en la medida en que nos ayuden a vivir la religión de esta manera nueva, al estilo de Jesús. ¿Entendéis ahora porque Jesús cogió un látigo y echó a todos del templo? ¿Entendéis porque no podemos construir una sociedad en la que el dinero y la economía sean más importantes que las personas? ¿Entendéis que si nos conformamos con ser una Iglesia de “cumplimiento”, nunca seremos un SIGNO de la presencia de Dios para nuestro mundo y para tantas personas que viven alejadas? 6.- El centro de nuestra fe es Jesucristo, muerto y resucitado. Eso es lo que celebramos cada domingo en la Eucaristía. Ese fue el gran signo que inauguró una manera nueva de vivir la vida y de vivir la religión. Vamos a proclamarlo juntos y a vivirlo cuando salgamos de aquí. 3.- NUNCA DEBEMOS HACER DE LA RELIGIÓN UN NEGOCIO Por Antonio García-Moreno 1.- LEY DIVINA Y HUMANA.- Israel sufría bajo el yugo del Faraón, que hacía trabajar a los hebreos en las grandes construcciones desde el amanecer hasta el ocaso. Días largos de fatigas y vejaciones. Un período que marcaría para siempre a los israelitas. El pueblo gemía y clamaba al Cielo. Entonces Dios escuchó su clamor y extendió su brazo poderoso, venciendo la terquedad y el poderío de los egipcios. En este pasaje bíblico el Señor recuerda a su pueblo el pasado, para que lo tenga en cuenta al emprender el camino del futuro. Yo te he conquistado, les viene a decir, yo te he librado, yo tengo derecho a tu vasallaje. La Alianza pactada hacía que Israel fuera desde entonces total pertenencia de YahWéh que, a su vez, se constituía en Dios de su pueblo. Yo seré tu Dios, dice también, y tú serás mi pueblo. Tú me servirás y yo te protegeré. No olvides, añade, que yo soy un Dios celoso que castiga a los que rompen su Alianza y se compadece de los que la guardan. También a ti te ha sacado de la esclavitud del pecado, se ha compadecido de ti y te ha dado su ley de amor. Sin él estarías sometido al yugo insoportable de Satanás. Por eso sus palabras vuelven a resonar para ti: “No tendrás otros dios frente a mí…”. El Señor no admite particiones, no tolera las medias tintas. O se está con él, o contra él. No lo olvidemos nunca. En el Decálogo hay unos preceptos que se refieren a Dios y otros que se refieren a los hombres. Así, después de recordar que hay que amar de todo corazón al Señor, que hay que respetar su santo nombre y santificar las fiestas, Dios nos habla de la obligación que tenemos hacia nuestros padres. Y para que comprendamos la importancia de este mandamiento, nos promete que, si lo cumplimos, tendremos una larga vida sobre la tierra. El amor a los padres es, de ordinario, un sentimiento que está metido en nuestra misma naturaleza, algo que sale espontáneo del corazón del hombre. Pero Dios quiere reforzar ese sentimiento y ese lazo que nos ha de unir con nuestros padres. Por eso le da la primacía sobre los preceptos restantes y añade una promesa para quienes lo cumplen. De ahí que el desamor hacia los padres es un pecado gravísimo. Es antinatural no preocuparse de ellos, no ayudarles, no comprenderles, olvidarles, abandonarles. A veces somos como tremendamente egoístas. Estamos pendientes de ellos cuando los necesitamos y cuando no, los olvidamos. Es triste ver en tanta soledad a muchos ancianos, cuyos hijos ni se acuerdan de ellos. Ojalá cumplamos la ley divina, y también humana, y no olvidemos nunca a nuestros padres. 2.- EL CELO DE DIOS.- Como estaba cercana la Pascua, Jesús sube a Jerusalén. Era una de las fiestas de peregrinación, junto con la de Pentecostés y la de los Tabernáculos. Días en los que se enfervorizaba el pueblo y al compás de un paso regular, a través de largas andaduras, se avanzaba hacia Dios, recordando que la vida entera es para cada uno un éxodo continuo en el que, por los caminos de la tierra, nos dirigimos al cielo. Cuando Jesús llegó a la explanada del Templo, la preparación de la fiesta se encontraba en plena efervescencia. Los cambistas de moneda atendían a los peregrinos que llegaban de la Diáspora con moneda extranjera y debían cambiar para tener moneda nacional, los vendedores de los animales para el sacrificio hacían su negocio entre la algarabía propia de un mercado. El Señor se llenó de indignación ante aquel cuadro deplorable, indigno de la casa de Dios. Haciendo un látigo con cuerdas arremetió, él solo, contra toda aquella chusma. Es un gesto que nos resulta sorprendente, dada la actitud serena que de ordinario vemos en Jesús. Sin embargo, quiso mostrarnos el furor de su ira para que entendamos lo grave que es hacer un negocio de las cosas de Dios, para que comprendamos cuánto abomina Jesús a quienes en lugar de servir a la Iglesia, se sirven de ella para medrar en lo temporal. Nunca debemos hacer de la religión un negocio, nunca podemos mezclar los valores de la fe con otros valores materiales, ni servirnos de nuestra condición de católicos para escalar peldaños en la vida social. De lo contrario corremos el peligro de convertir la Iglesia en casa de contratación, en una especie de supermercado de las cosas del espíritu. Todos debemos reflexionar en la presencia de Dios, pues todos podemos caer en la tentación de buscar intereses materiales a costa de la Iglesia o de quienes la representan, todos podemos convertir nuestras relaciones con Dios en trato de charranes. Ante la Iglesia, es decir ante Jesucristo, la única actitud válida es la de servicio desinteresado y generoso. El único premio al que tenemos que aspirar por servir a Dios es la recompensa eterna, la paz del alma, la alegría de la renuncia a sí mismos en pro de una causa noble. Esa es nuestra esperanza y nuestro gozo, la de servir y amar como Cristo nos amó y se entregó en redención por muchos. Vivamos siempre con una honda visión de fe, con unas categorías diversas a las que se usan en el comercio o en la política. De lo contrario convertiremos, nosotros también, la casa de Dios en madriguera de truhanes.

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