HOMILIAS: IV Domingo de Cuaresma. Ciclo B. 
18 de marzo de 2012.

Posted on 15 marzo, 2012

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HOMILIAS: IV Domingo de Cuaresma. Ciclo B. 
18 de marzo de 2012.

1.- LOS CAMINOS DE DIOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Es muy clara la primera lectura de hoy para determinar que, muchas veces, los planes de Dios no coinciden con los del género humano. Por el contrario, muchos de nosotros, alguna vez, hemos intentado que Dios se ponga de nuestra parte y que nos ayude a sacar adelante cuestiones que, probablemente, no tienen la idoneidad que el Señor busca para nosotros. Y así en el Segundo Libro de las Crónicas se habla con un rey extranjero, Ciro será el elegido para reconstruir el Templo de Jerusalén y dar nuevos bríos al culto que el Dios quiere. Las continuas traiciones del pueblo de Israel crean esa nueva situación. Es posible que muchos judíos, incluso de buena voluntad, no entendiesen ese giro que el Señor estaba dando a la historia, les parecería inconcebible por sentirse pueblo elegido de Dios.

2.- Si contemplamos, asimismo, la posición de Jesús de Nazaret frente a la religión oficial de saduceos, fariseos, senadores y doctores de la ley vemos que la cuestión es parecida. Jesús se opone a sus prácticas monopolistas, a la institucionalización negativa de la religión a favor de unos intereses concretos que están en contra de los mandatos de Dios y en contra, también, de lo que anhela el pueblo. El resultado será que tras la muerte y resurrección de Cristo Jesús el pueblo elegido será otro. Este se conformará en torno a la Iglesia naciente que es esposa de Cristo y albergue de todos los que –con palabras de Jesús—comienzan a llamar a Dios, Abba (papaíto). La revelación de Jesús sobre el Padre modifica la concepción de Dios que los hombres tenían. No su realidad intrínseca, porque Jesús viene a mostrar la verdadera cara de Dios Padre, la misma de siempre, pero que los humanos habían modificado en función de sus intereses.

3.- Y si la primera lectura marca un horizonte de gran importancia respecto al conocimiento de Dios, es Pablo de Tarso en su carta a los Efesios quien contribuye con otro aspecto capital para el cristiano. Es el renacer a la nueva vida por efecto de la gracia de Jesucristo. Se muere al pecado para resucitar a una vida más limpia, más entregada, más luminosa. El bautismo es nuestra entrada en la gracia de Jesucristo, pero el seguimiento del Maestro produce de manera sensible y consciente los beneficios que San Pablo nos cuenta. Las palabras del apóstol de los gentiles dan idea de una nueva creación, de una nueva naturaleza del género humano gracias al sacrificio de Cristo. Y si recapacitamos un poco en ello veremos que hay pruebas objetivas en nosotros mismos de esa renacer a una nueva vida. Quien ha descubierto el camino se seguimiento de Jesús se siente transformado, renacido. Los viejos tiempos ya no cuentan y una nueva vida se abre ante los ojos de los creyentes.

4.- El Evangelio de Juan nos habla de una charla de Jesús con Nicodemo. Aparece en escena este personaje singular, miembro del Sanedrín, convertido a Cristo y que fue, junto con José de Arimatea, quien fue a pedir al Gobernador Pilato el cuerpo de Jesús, ya muerto. La escena que hemos escuchado debe ser de los primeros momentos en los que Nicodemo se acercaba a Jesús y lo visitaba por la noche para no ser visto. Después, y ante su muerte y con la dispersión de los discípulos más cercanos, sería él quien diera la cara ante las autoridades, lo cual, sin duda, fue un peligro para él.

5.- La catequesis que Jesús despliega ante Nicodemo es la del hombre nuevo. La de renacer a una vida de luz, alejada de la tiniebla. Pero el Salvador enseña a Nicodemo que el episodio de la Cruz es necesario y que forma parte de una realidad salvadora como lo fue la serpiente de bronce que Moisés se construyó para salvar al pueblo errante en el desierto de las mordeduras venenosas de las serpientes. Una vez elevado en la Cruz, una simple mirada servirá para salvarse. Y es cierto –nadie lo puede negar—que una mirada angustiada dirigida a un crucifijo ha traído la salvación y la paz a muchos a lo largo de más de dos mil años de historia. La profecía de Jesús sigue funcionando. No sabemos lo que Nicodemo dijo a Jesús. Tal vez, le recomendaba moderación y paciencia frente a sus enemigos del Templo y del Sanedrín. Sería el consejo lógico de alguien de tanta altura. Sin embargo, Jesús, una vez más, y como ocurrió con Pedro, no acepta variación alguna en su misión. Y explica que es necesario el sacrificio de la Cruz para que sus hermanos no mueran por las picaduras venenosas del Mal.

6.- Hemos recorrido ya más de la mitad del camino de la Cuaresma. Tras el próximo domingo, el Quinto, ya llegaremos al inicio de la Semana Santa con el Domingo de Ramos. Este tiempo de preparación debe dar sus frutos y, además, hemos de considerar que siempre estamos a tiempo. Tal vez, deberíamos mirar a este Jesús que está subido en lo alto de la Cruz para salvarnos. Siempre hay un momento de quietud para “enfrentarse” a la mirada de un crucifijo que nos espera. Y ello dará elementos para seguir el camino o reiniciarse en una vida más limpia y de mayor servicio a los hermanos. No debemos desdibujar la esencia de la cuaresma que no es otra cosa que tiempo de reconocimiento de que Dios nos busca y nos quiere. Y que por eso mandó al mundo a su Hijo Único. Según los plazos se van terminando es bueno reflexionar sobre el tiempo que nos queda: Dios nos espera a la vera del camino. Siempre esta disponible.

2.- LA CRUZ SE LEVANTA COMO INSIGNIA DE VICTORIA

Por Antonio García Moreno

1.- DIOS DE NUESTROS PADRES.- Yahvé había estado siempre al lado de su pueblo, defendiéndolo, conservándolo, multiplicándolo. Era el Dios de los antepasados, el que los padres habían mostrado a sus hijos, el que las madres hebreas habían puesto en el corazón y en los labios de sus pequeños… El Dios de nuestros padres, ese que en nuestra tierra se ha reverenciado durante siglos, ese que nos ha dado a su Hijo como hermano y a María, la más agraciada mujer, como Madre.

A lo largo de toda la historia fueron llegando los pregoneros de Dios. Venían cargados con palabras bellas, encendidas palabras que animaban y llenaban el espíritu de paz, con deseos de ser mejores. Dios quería salvar a su pueblo. El peligro acechaba a la vuelta de cualquier esquina. Los enemigos se habían conjurado, tenían planes de aniquilación, ansias de reducir el gran templo en un montón de escombros.

Hoy también el enemigo está detrás de la puerta. Hoy también el fuego, más vivo que nunca, está en trance de llover sobre nuestros campos. Y por la ruta de los mares, por los azules caminos del cielo, cruzan armas terribles con destino a los pueblos en estado de guerra, con presagios siempre vivos de una hecatombe mundial… Y hoy también llegan hasta nuestras calles los pregoneros de Dios, los que predican la paz, los que llaman a la conversión, los que claman por la justicia, los que cantan la belleza del amor. Hoy también, el Dios de nuestros padres quiere salvar a su pueblo.

Despreciaban sus palabras, se burlaban de ellos. Y los perseguían, los encarcelaban, los mataban. Hablaban con desdén de los profetas de Dios. Sus palabras fueron ridiculizadas ante la risa de todos, se convirtieron en objeto de chistes y de cuentos burdos. Y el mensaje de Dios quedó obscurecido, apagado, reducido a un montón de palabras descoloridas. Y la ira de Dios, hasta entonces dormida, despertó bruscamente. Y las palabras de los mensajeros se volvieron cáusticas, hirientes, duras, salvajes: “Ruge Yahvé desde lo alto, desde su santa morada lanza su voz, ruge con fuerza contra el lugar de su pacto… Llega el estruendo hasta el extremo de la tierra, porque Yahvé abre el proceso contra las naciones, entra en juicio contra todo mortal; a los impíos los entrega a la espada”.

Y el profeta sigue: “He aquí la desgracia que pasa de nación en nación y una enorme tempestad se desencadena desde los confines de la tierra. Y habrá aquel día víctimas de Yahvé de un extremo a otro de la tierra; no serán lloradas, ni recogidas, ni sepultadas; quedarán sobre la haz de la tierra como estiércol”.

¡Oh, Señor, Dios todopoderoso, pronto a la misericordia y al perdón, detén tu ira! No permitas que la muerte cubra la tierra. Queremos oír a tus enviados, queremos escucharles, atenderles, hacerles caso antes de que sea demasiado tarde. Haz tú que el recuerdo triste de lo que pasó, y de lo que puede pasar, nos despierte de nuestra apatía y negligencia, encienda esta fe muerta que nos hace vivir adormilados, en un sopor peligroso.

2.- LA MAYOR PRUEBA DEL AMOR.- En el silencio de la noche, oculto en la oscuridad de las altas horas, Nicodemo se entrevista con Jesús, el joven Rabino de Nazaret cuya fama se va extendiendo rápidamente. Este hombre desciende desde la cima de su posición social –formaba parte del Sanedrín–, pregunta y escucha las palabras de aquel aldeano, el hijo de José el carpintero. Esta es la primera enseñanza que tendríamos que aprender de este pasaje evangélico: Descender del pedestal en que a veces nos encaramamos, para escuchar con sencillez y humildad la palabra que nos viene de Dios a través, quizá, de otro hombre de menos categoría intelectual o social que nosotros.

Ante sus ojos se abre un panorama insospechado y grandioso, una doctrina nueva y vieja que comporta frutos de eternidad. Jesús le habla de un hecho que simboliza lo que ocurriría en el Calvario: lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Y así es en efecto. La Cruz se levanta como insignia de victoria, estandarte de salvación, bandera de paz y de perdón que manifiesta a los cuatro vientos la mayor prueba del amor de Dios.

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Jesús también dirá que nadie tiene amor más grande que aquel que entrega su vida por el amigo. La crucifixión fue, sin duda, el gesto definitivo del amor de Dios que sufre en su carne el castigo de nuestro pecado.

Qué más podía hacer el Señor para mostrarnos su infinito amor, sus profundos y sinceros deseos de ayudarnos, de librarnos de las cadenas que realmente aprisionan al hombre, las del pecado. Miremos con fe ese signo de salvación, sepamos descubrir tras las llagas de Cristo crucificado la grandeza de su poder y los fulgores de su divinidad. Imitemos al buen ladrón que, contemplando a Jesús traspasado y vencido, supo descubrir al Rey del Universo y le rogó, quizá entre las burlas de los demás, que se acordara de él cuando llegara a su Reino. La respuesta de Jesús fue inmediata: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

 

3.- LA HISTORIA ES MAESTRA DE LA VIDA

Por Pedro Juan Díaz

1.- Cada vez que leo la Palabra de Dios me asombro de lo torpes que somos las personas para cometer los mismos fallos una generación tras otra. Yo tenía un profesor que decía que el que no conoce la historia está llamado a repetirla, y es verdad, porque el desconocimiento de lo que otros hicieron nos lleva a tropezar en los mismos errores. Todo esto viene al caso por la primera lectura, que está sacada del Libro de las Crónicas. Hoy en día en muchos pueblos y ciudades existe la figura del Cronista, aquel que escribe los acontecimientos importantes de la vida de esas gentes. Pues bien, el pueblo de Israel también tenía el suyo y, en menos de 10 versículos, nos presenta un denso resumen de un capítulo bastante duro de la historia del pueblo, como fue su destierro a Babilonia. Y es de agradecer, porque la historia se convierte así en “maestra de la vida”, es decir, nos enseña cómo vivir hoy, sin cometer los errores de ayer.

2.- Durante toda la Cuaresma hemos recordado que Dios ha hecho un pacto con las personas: Él nos cuidará y nos protegerá y nosotros viviremos conforme al mandamiento del amor, nos cuidaremos unos a otros, y cuidaremos también del mundo que Dios nos ha dado para vivir. Él será nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo. Y también hemos recordado las muchas infidelidades, por nuestra parte, a este pacto. Tanto es así que la primera lectura nos cuenta que la situación se hizo insostenible. Dios enviaba a sus mensajeros, los profetas, que recordaban la alianza, pero el pueblo se reía de ellos hasta tal punto, que ya no hubo remedio.

3.- El pueblo de Israel interpreta que, a causa de sus infidelidades, han sido vencidos por el ejército Caldeo, y han perdido sus grandes señas de identidad: la tierra que Dios les prometió, de la que han sido expulsados para vivir en el destierro de Babilonia, y el Templo, donde estaban las tablas de la alianza, y que ha sido arrasado. Pero Dios no deja de ser fiel a lo prometido y, a pesar de que pensemos que cuando nos vienen muy duras Él se desentiende de nuestros problemas, nunca lo hace. En este caso se sirve de un rey pagano, Ciro, que permite al pueblo volver a Jerusalén y reconstruir su ciudad y su Templo. Y es que la historia está llena de personas buenas, nobles y justas (como Ciro) que, por los prejuicios y etiquetas que nosotros ponemos por no ser “de los nuestros”, no sabemos valorar y agradecer sus acciones.

4.- Dios que es fiel, y que también es consecuente con el hecho de habernos dado el don de la libertad, se muestra ahora compasivo y misericordioso y da una nueva oportunidad al pueblo (otra más) para que viva conforme a la alianza hecha con Él. Y no lo hace por los méritos del pueblo, ni por sus buenas obras, sino por puro amor. Dios es gracia y su amor es gratis. San Pablo, en la segunda lectura dirá que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó… nos ha resucitado con Cristo”; y también: “Estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios”.

5.- Y es que el gran regalo de Dios a nosotros, su pueblo, fue su hijo Jesús. Lo hemos escuchado en el Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Creo que es uno de los versículos más bonitos y más importantes de toda la Biblia. Dios es amor y lo demuestra una y otra vez con iniciativas y proyectos de amor dirigidos a nosotros. Y Jesucristo, muerto y resucitado, es la prueba. Mirar al crucificado es acoger el amor de Dios en nuestras vidas y decidirnos por Él. Es acercarnos a la luz, y convertirnos nosotros también en luz para otros hermanos y hermanas nuestros.

6.- “Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Cristo es la luz y nos ofrece ser nosotros también luz, acogiéndole a Él. No entra en sus planes la condena de nadie, sino la salvación de todos. Nuestra respuesta ha de nacer de una fe madura que ha hecho una opción personal por seguir a Jesucristo, muerto y resucitado. No somos cristianos “porque toca”, o porque “es lo normal”, o porque “me lo han enseñado así”. La fe es personal, pero vivida comunitariamente. Esa es la manera que tiene Dios de renovar su alianza con cada cristiano y con la Iglesia, que somos hoy su pueblo, por quienes Él se compromete y hace, de nuevo, el mismo pacto que con nuestros antepasados.

7.- Que no nos pase como al pueblo de Israel, que no nos olvidemos de Dios en nuestra vida, el Dios fiel, el Dios liberador, el Dios de la alianza, el Dios compasivo y misericordioso con su pueblo. Que la historia del pueblo de Israel se convierta en lección de vida para vivir hoy nuestra propia historia como nuevo pueblo de Dios, sin cometer los errores que otros cometieron, y aprender a vivir en fidelidad a Dios. Que la Cuaresma que estamos viviendo nos acerque más a ese Dios que, por amor a todos y cada uno de nosotros, entregó a su Hijo. Que nuestra respuesta sea una vida bondadosa y generosa con todos, haciendo del mandamiento del amor nuestra norma universal.

 

4.- AMAR SIN RAZONES

Por José María Maruri, SJ

1.- A las personas que queremos, las queremos con el corazón. No necesitamos razones para querer. Ni la madre quiere al hijo por razones, ni los novios se quieren por razones, ni marido y mujer se quieren por razones. Y si se quisiera hacer una lista de razones lógicas de ese amor, al fin la última razón verdadera de ese amor quedaría en el misterio. Y cuando para mantener un amor es necesario andar hurgando para buscar razones, ese amor está empezando a morir bajo las cenizas.

El amor es ilógico, supera todo raciocinio, abarca a toda la persona y embarca en la aventura de amar a toda esa persona.

2.- Hoy, de camino hacia la Semana Santa se hace un test a nuestro amor a Dios. Enfrentándonos con el amor ilógico del Señor a nosotros, ¿no necesitamos nosotros demasiadas razones para amar al Señor? ¿Toma su amor todo nuestro ser? ¿Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu ser?

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” Envía lo que mas quiere para que vaya a nuestra búsqueda, para que traiga del país extranjero al hijo pródigo, para que salve entre espinos y barrancos a la oveja perdida, aún a sabiendas de que ese Hijo único va a perder su vida en la búsqueda, pero que nos a va encontrar a cada de uno de nosotros.

¿Hay amor más ciego? ¿Más cerrado a razones lógicas? Como nos decía san Pablo el domingo pasado: esta es la grandiosa necedad o estupidez de nuestro Dios. Esa necedad que supera todo saber y todo entender humanos. Que el Señor nos ha amado a nosotros más que más que a Si mismo. “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.

Cuando éramos pecadores, es decir, cuando éramos enemigos de Dios, Dios nos da lo que constituye su propia vida, que es su mismo Hijo, a sabiendas de que lo va a perder. Si viéramos este proceder en una persona amiga nuestra, diríamos que es un loco, un estúpido… Y esa es la grandiosa e ininteligible estupidez de nuestro Dios, que no cabe en cabeza humana. “Tanto amó Dios al mundo…”

3.- Ya en el Antiguo Testamento hay frases maravillosas que muestra ese amor de Dios a nosotros. Como aquella: “¿Es que puede la madre olvidarse del hijo de sus entrañas?, pues aunque ella lo hiciera yo nunca me olvidaré de ti” O este párrafo del Profeta Oseas que hablando de su pueblo dice. “Yo le enseñé a caminar sujetándole por debajo de los brazos. Yo le levantaba en alto y apretaba su mejilla contra la mía. Yo me agachaba junto a él para darle de comer” como padre cariñoso hace con su hijo pequeño.

4.- Pero no pongamos este amor loco de Dios en plural. San Pablo en su carta a los Efesios dice “nos amó y se entregó por nosotros. En Gálatas dice se corrige y dice “me amó y se entregó por mi”… murió por mi.

Para el Señor no somos multitud. No somos rebaño. Él conoce a cada una de sus ovejas y las llama por su nombre. No somos un número de Documento Nacional de Identidad. Somos TÚ y YO.

Cuando los andamios eran de tablones, dos hombres resbalan de un tablón mal asentado y al caer se aferran a un travesaño, que con el peso de los dos comienza a ceder. El más joven mira al mayor, que sabe casado y con hijos, y sin palabras se deja caer buscando otro apoyo que no encuentra y muere. “Murió por mí”, diría aquel hombre. Con la misma realidad, el Señor murió por mí.

5.- Nos enfrentamos con un Viernes Santo en que ese grito “murió por mí” lo llena todo. ¡Qué ese grito no nos suene a grito litúrgico! ¡Que no se escurra en nuestros oídos como un acorde resabido! Que nos traiga la enorme novedad de sabernos por primera vez queridos por Dios hasta dar su propia vida por mí, aunque seamos pecadores. El amor llama al amor y nos hace amar a los demás.

 

 

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