HOMILIAS: DOMINGO DE RAMOS. CICLO B. 01 DE ABRIL, 2012.

Posted on 29 marzo, 2012

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HOMILIAS: DOMINGO DE RAMOS. CICLO B. 01 DE ABRIL, 2012.

1.- SUBIR PARA BAJAR

Por Pedro Juan Díaz

1- En este primer día de la Semana Santa recordamos el momento de la entrada de Jesús en Jerusalén. Jesús sube allí para celebrar la Pascua, como era costumbre todos los años. Todas las familias iban en peregrinación y se reunían en ese mismo lugar porque era donde estaba el Templo. Muchos peregrinos se encontrarán con familiares y amigos que les esperan después de un año. Van juntos a celebrar la Pascua. Se reunirán por familias en las casas. Repetirán palabras y gestos ancestrales que guardan todavía todo su significado y que permanecen en la memoria de los más ancianos. Unas palabras y gestos que serán transmitidos a los más pequeños de cada hogar, renovando ese pacto, esa alianza que Dios quiere hacer con toda la humanidad.

2.- Subir a Jerusalén era motivo de alegría, se subía como en una romería, cantando, saludando a los amigos que se iban encontrando en el camino. Se subía para vivir un momento gozoso, para recordar el gran gesto de Dios que liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, de la mano de Moisés. Se subía para celebrar la Pascua.

3.- Jesús ha subido muchas veces. El evangelio nos relata al menos tres, pero seguro que todos los años Jesús se hacía presente en esta cita y no faltaba. Pero esta vez va a ser diferente, porque sabe que no va a ser bien recibido, porque intuye que el desenlace de su vida está cerca. Cerca ya de Jerusalén, manda a sus discípulos a una aldea cercana para que le traigan un borrico “que nadie ha montado todavía”. Los discípulos se lo llevan, lo cubren con sus capas y Jesús monta, dispuesto a entrar con él en Jerusalén. Los discípulos y la gente que seguía a Jesús extienden sus capas por el camino y también ramos, y van gritando: “Viva, bendito el que viene en nombre del Señor”.

4.- Esta subida de Jesús a Jerusalén va a terminar en “bajada”. Es un subir para bajar que explica muy bien San Pablo con este himno litúrgico antiguo que hemos escuchado en la segunda lectura. Jesús ha subido a Jerusalén, ha entrado entre vivas y alabanzas. Pero ahora va a empezar su bajada, su descendimiento, su hacerse nada, su dejarse hacer por el Padre. “Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. A este gesto de obediencia de Jesús, de dejarse hacer, de cumplir la voluntad de su Padre Dios, en quien confía por encima de todas las cosas, Dios responde con la exaltación en el cielo. “Por eso Dios lo levantó sobre todo”, para que “toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre”.

5.- A Jesús le van a subir a la cruz, pero es un gesto de descenso y de acercamiento al ser humano, a nuestra humanidad, a nuestras pobrezas y pecados, para que cuando sea exaltado por el Padre, todos lo seamos también con Él. La entrada de Jesús a Jerusalén es el principio del fin. Pero en ese final estamos todos implicados: estamos llamados a morir con Él para también con Él resucitar.

6.- Hoy entramos todos en Jerusalén. Hoy entramos en la Semana Santa. Una vez en Jerusalén, tiene lugar la celebración de la Pascua. En la noche del Jueves Santo, Jesús cena con sus discípulos y hace una Pascua nueva, la Pascua de la Vida, la Eucaristía: “Haced esto en memoria mía”. El Viernes Santo, Jesús yace colgado de una cruz, signo de maldición convertido en signo de salvación. El relato de su pasión que hemos escuchado, y que volveremos a escuchar el Viernes Santo, es estremecedor. Cristo, solidario con la humanidad que sufre, que lo pasa mal, con toda persona humana sedienta de salvación, de sentido y felicidad plena, se anonada, se abaja, se humilla, hasta someterse a la muerte, “y una muerte de cruz”. Y por fin el Sábado, la gran Vigilia, la noche de la resurrección y de la vida; y el Domingo, la Pascua, el día del gozo y la alegría. Jesús ha resucitado. Nuestra vida tiene un sentido nuevo, profundo, auténtico.

7.- Vamos a mirar con mucha fe y con mucho amor a este Jesús que sube a Jerusalén, para abajarse y morir por nosotros. Pidamos a Dios que esta semana nos llene el corazón de ese mismo amor con el que Jesús se entregó por nosotros, para que podamos manifestarlo a los que tenemos cerca todos los días del año.

 

2.- ENTRÓ COMO REDENTOR Y SALIÓ CRUCIFICADO

Por Gabriel González del Estal

1.- Bendito el que viene en nombre del Señor. Así comenzamos la Semana Santa: gritando entusiasmados la llegada del que viene en nombre del Señor, dando vivas al Altísimo. El que grita es el pueblo sencillo, la gente pobre que espera y desea la llegada de un futuro mejor, de un reino nuevo como el que predica este profeta de Galilea. El domingo de Ramos siempre ha tenido en la tradición católica un aire de fiesta, de entusiasmo, de alegre fe y esperanza cristiana. “El que no estrena en Ramos, o es cojo o no tiene manos”, decían antaño en mi pueblo. Comienza la semana más grande del año, la Semana Santa. Gritamos porque no estamos contentos con lo que somos y lo que tenemos, y esperamos que alguien venga sacarnos de nuestra postración y nuestra miseria. Eso le ocurría a la gente sencilla que acompañaba a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén. Veían a Jesús como a un redentor, como un liberador, como alguien más poderoso y más santo que los jefes políticos y religiosos que tenían. Y querían que este profeta les librara ya, anulando poderosa y milagrosamente a la gente que se le oponía. Por eso se desanimaron tan pronto, cuando vieron que este profeta era llevado, vencido y ajusticiado, por los poderosos de siempre. A muchos de nosotros puede pasarnos hoy lo mismo que pasó a la gente sencilla del tiempo de Jesús. Queremos que alguien nos arregle de un plumazo la situación de crisis por la que estamos pasando; queremos que nos arreglen las cosas hoy y ya, como por arte de magia, sin que nosotros tengamos que poner algo, o mucho, por nuestra parte. Y no es así: la redención sólo llega después de un tiempo duro de pasión. Si nos negamos a la pasión, estamos renunciando a la redención. Estoy hablando en sentido cristiano, claro.

2.- Ellos gritaron más fuerte: ¡crucifícalo! Los que gritaban ahora eran los mismos que le aclamaron cuando entraba en Jerusalén. ¿Por qué lo hacían? El texto de Marcos dice que porque los sumos sacerdotes habían soliviantado a la gente. Es cierto que el pueblo, las masas, eran entonces más fácilmente manejables y manipulables de lo que son ahora. Porque entonces la gente, el pueblo sencillo, no sabía ni leer, ni escribir. Pero no conviene exagerar las diferencias. Ahora, como entonces, la gente prefiere creer al que le promete un futuro mejor, más rápido, y con el menor sacrificio posible. Todos queremos que llegue cuanto antes el reino de Dios, un reino de justicia, de amor y de paz. Pero no queremos andar el camino propuesto por Cristo para llegar a él, el camino de las Bienaventuranzas. Queremos que otros sean los pobres, los mansos, los que luchan por la justicia, los que perdonan, los que son generosos en amar a todos, preferentemente a los más necesitados. Nosotros queremos primero el éxito, el dinero, las satisfacciones materiales, el poder político y económico; para nosotros eso es lo primero y urgente; el camino de las bienaventuranzas puede esperar. Y por eso, al que nos pide humildad, fortaleza en la adversidad, lucha contra la injusticia, corazón limpio y un amor generoso y sacrificado a Dios y al prójimo le volvemos la espalda. Al Cristo que predica amor y perdón, lucha contra el mal y amor hasta la muerte ¡que lo crucifiquen!

 

 

3.- AFRONTAR CON ESPERANZA LA REALIDAD DE LA CRUZ

Por José María Martín OSA

1.- Afrontar la realidad de nuestra vida. Es el momento de reflexionar qué hizo Jesús por nosotros y qué hacemos nosotros por El. El vino para ser Camino, Verdad y Vida. Sin embargo, nosotros, a menudo, caminamos por nuestros caminos, nos creamos nuestras verdades y no dejamos que El dé sentido a nuestra vida. No nos atrevemos a afrontar la realidad de nuestra vida. Buscamos caminos fáciles, huimos….Vino para darnos la vida y la salvación, como la vid da la vida a los sarmientos (Jn 15, 1-6). Fue el Mesías prometido por Dios a su pueblo. Pero fue también el “Siervo de Yahvé” que soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores. Jesús terminó clavado en la cruz construida con la madera de un frío árbol, fue asesinado por su infinito Amor a nosotros y por su obediencia a la voluntad del Padre. El canto del Siervo de Yahvé es desgarrador: “maltratado voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca”. La cruz es símbolo de adhesión, de confianza, de amor. Y, sin embargo, cuando somos incoherentes le matamos en nuestro corazón….le entregamos como Judas, a cambio de unas pocas monedas sin valor: egoísmo, comodidad, mediocridad, falta de confianza…). Nosotros también decimos muchas veces ¡crucifícale!

2.- Jesús nos sigue esperando. Unos brazos abiertos, un deseo de abrazar a todos los hombres… Unos ojos cerrados, un deseo de no volver a ver la maldad de los hombres… Una cabeza inclinada hacia delante para escucharnos siempre…. Unos pies clavados esperando siempre… Un costado abierto, estrecho… porque sólo pueden llegar al corazón de Cristo los que se hacen pequeños.

3.- Jesús nos sigue invitando. “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mc 8,34). Nos sigue invitando a que no nos olvidemos de nosotros mismos y nos centremos en intentar hacer felices a los demás, en que caminemos por sus caminos y no por los nuestros, en dejar que se cumpla su plan en nosotros. Sólo respondiendo a la llamada que nos hace a cada uno de nosotros descubriremos el verdadero sentido de la muerte de Cristo e iremos preparando el camino para que el Señor resucite en nuestro corazón hasta poder descubrir que la Resurrección convierte el árbol muerto de la Cruz en símbolo de vida para siempre. Solo al final del evangelio Marcos desvela el misterio de la identidad de Jesús, cuando el centurión que estaba junto a la cruz exclama: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. En la muerte de Jesús en la Cruz se nos muestra su fidelidad insobornable a Dios Padre. En la Cruz contemplamos al testigo del amor y la misericordia de Dios. El crucificado es el que ha de guiar nuestros pasos. Optemos por la Cruz de la vida. Optemos por ser sarmientos de la vid verdadera. Olvidémonos de nosotros mismos. Carguemos con nuestras pequeñas cruces….y sigamos su camino.

 

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