La homilía de Betania III Domingo de Pascua
22 de abril de 2012

Posted on 21 abril, 2012

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La homilía de Betania

III Domingo de Pascua
22 de abril de 2012

 

1.- EXPERIENCIA DE FE Y TESTIMONIO

Por José María Martín OSA

1.- La experiencia del Resucitado. Los discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén para contar a todo el grupo lo que les ha sucedido en el camino y cómo conocieron a Jesús “en el partir el pan”. Hoy vemos como la comunidad cristiana va a surgir como tal comunidad a partir de una experiencia común de la realidad del resucitado. Toda la primera parte de este relato de Lucas está orientada a resaltar este carácter real del resucitado. El nuevo Jesús no es ninguna invención espiritual del grupo cristiano. Pedro, en el discurso del Libro de los Hechos después de la curación del paralítico, subraya que los dirigentes judíos condenaron a Jesús por ignorancia. Les insta a que se arrepientan y se conviertan También los cristianos dudaron de la realidad de Jesús, no hubo en ellos predisposición alguna a aceptarla, sino todo lo contrario. Sólo la presencia real del resucitado les ha llevado al firme y absoluto convencimiento que ahora tienen. Bajo la tremenda impresión de los acontecimientos de la Pasión, entre el miedo a los judíos y la esperanza alimentada con las primeras noticias de aquel domingo, estos hombres no acaban de creer a causa de la inmensa alegría lo que ven con sus propios ojos. Jesús les tranquiliza y les convence de que es verdad lo que están viendo y de que no se trata de ningún fantasma. La vida de Jesús, su pasión y muerte, y todas las Escrituras deben ser interpretadas a la luz de la experiencia pascual.

2.- El Señor vive realmente. Jesús muestra a los discípulos las señales de los clavos en las manos y en los pies. Les invita a palparle. Estas formas de expresión no hay que verlas como representaciones de la realidad corporal de Jesús, sino como vehículos interpretativos de algo más profundo: Jesús vive ahora una nueva realidad corporal. Jesús resucita con cuerpo glorioso: No es posible comprender cómo un cuerpo glorificado pueda comer alimentos. De todas formas, el sentido de esta afirmación es que el Señor vive verdaderamente, y lo que los discípulos han visto no es una simple “visión”.

3.- El don de la paz, regalo de Jesucristo resucitado. Solamente quien guarda su palabra y sus mandamientos conoce el amor de Dios. El don que recibe es la paz, la plenitud de todos los dones. El Señor resucitado les saluda siempre con la misma expresión: “Paz a vosotros”. La experiencia de un Jesús real produjo en los once y sus compañeros de la comunidad cristiana un cambio de forma de pensar y de vivir-la conversión- y una liberación interior -perdón de los pecados-. Ellos son testigos de todo esto porque son testigos de la muerte y resurrección de Jesús. Muerte y resurrección no son sólo acontecimientos estáticos en Jesús; son también acontecimientos dinámicos que inciden operativamente en el individuo y en el grupo transformándolos en una nueva realidad, cuya expresión es la comunidad cristiana, y en mensajeros de esa nueva realidad. La misión de Jesús ha terminado, pues todo ha sido cumplido. Ahora queda que los apóstoles anuncien a todo el mundo lo que han visto y oído. Es necesario que sean testigos, que predique en todas partes, comenzando por Jerusalén, que Dios salva a los hombres en Jesucristo y concede el perdón de los pecados.

2.- LOS FRUTOS DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Por Gabriel González del Estal

1.- En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Como ya hemos dicho en los dos domingos anteriores, la Resurrección de Jesús es, para nosotros, desde un punto de vista teológico, el acontecimiento central de nuestra fe. Con su vida, muerte y resurrección, Cristo nos liberó del pecado y nos ganó la salvación. Porque Cristo resucitó, nos dice San Pablo, también nosotros resucitaremos. Pero hoy yo quiero fijarme en un aspecto más pastoral que teológico sobre el tema de la Resurrección, insistiendo en que la verdad teológica de la Resurrección de Jesús no debe ser para nosotros una simple verdad teórica, una teoría religiosa que aceptamos y en la que creemos, sino que esta verdad teológica debe condicionar y marcar todo nuestro diario vivir aquí en la tierra. Los que creemos en la Resurrección debemos orientar nuestro comportamiento diario de acuerdo con esta verdad que profesamos. Nuestra fe en la resurrección, o da verdaderos frutos de conversión o es una fe muerta. Cristo les dice a sus discípulos que prediquen la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Es decir, que Cristo quiere que sus discípulos vayan por el mundo diciendo que a todas las personas que se conviertan Dios les perdona todos sus pecados y les regala la salvación. Los frutos de la resurrección de Jesús son la salvación y el perdón de nuestros pecados, pero para obtener estos frutos es necesario que nosotros nos convirtamos al Señor. Esta debe ser nuestra reflexión y nuestro propósito hoy: convertirnos al Señor y dejar que los frutos de la Resurrección lleguen hasta nosotros. El que no se convierte está impidiendo que los frutos de la resurrección de Jesús lleguen hasta él, está haciendo estéril e inútil para él la resurrección de Jesús.

2.- Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados. El apóstol Pedro dice a la gente que, aunque ellos pecaron “matando al autor de la vida”, Dios quiere perdonarlos, porque su pecado fue fruto de su ignorancia, más que de su maldad. La única condición que Dios les pone para perdonarles los pecados es que se arrepientan de su pecado y se conviertan. Yo creo que esto que dijo entonces Pedro a los judíos nos lo podría decir también hoy a cada uno de nosotros. Muchos de nuestros pecados se deben más a nuestra ignorancia, que a la maldad de nuestro corazón. Queremos ser felices, pero buscamos la felicidad por caminos equivocados, huyendo del dolor, del sacrificio y del esfuerzo. Nuestras ambiciones y nuestras flaquezas nos confunden. Cristo nos dice que la verdadera felicidad sólo se consigue haciendo el bien, aunque para hacer el bien tengamos que sufrir. Arrepintámonos de nuestros pecados de cobardía, de egoísmo rastrero, de búsqueda de un placer inmediato y perjudicial, de huida de toda clase de esfuerzo y de sacrificio. Porque entonces y ahora sigue siendo verdad cristiana que para alcanzar la resurrección tenemos que superar momentos de crucifixión.

3.- Si alguno peca, tenemos a uno que aboga ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. También San Juan nos dice que Dios, nuestro Padre, siempre está dispuesto a perdonarnos. Para eso Cristo vivió, murió y resucitó, para “hacerse víctima de reconciliación por nuestros pecados”. ¡Fuera escrúpulos, miedos y temores! Lo único que tenemos que hacer nosotros –que no es poco- es convertirnos, es decir, cumplir los mandamientos del Señor. Porque, si decimos que conocemos a Dios, pero no cumplimos sus mandamientos, somos unos mentirosos. Conocimiento de Dios, sin conversión a Dios, es siempre una mentira. Si queremos que los frutos de la Resurrección de Jesús lleguen a nosotros debemos estar dispuestos a andar el mismo camino de Cristo: un camino de lucha contra el mal, de búsqueda de la justicia, de la verdad y del amor. Eso es creer en la Resurrección: guardar los mandamientos del Señor. Si hacemos esto, vivamos tranquilos y en paz. Cristo estará siempre intercediendo por nosotros. Así lo dice el apóstol San Juan.

3.- SOMOS TESTIGOS DE UNA EXPERIENCIA

Por Pedro Juan Díaz

1.- La Pascua es el tiempo por excelencia de los cristianos, porque es el tiempo de la resurrección, el acontecimiento principal de nuestra fe. Pero es algo más que un acontecimiento. La resurrección ha de ser, por encima de todo, una experiencia, algo que nosotros hemos vivido y experimentado en nuestro corazón y de lo que damos testimonio. De lo contrario, no transmitiremos nada. Podemos preguntarnos: ¿por qué, 20 siglos después del acontecimiento de la resurrección, se sigue hablando de él y anunciándolo? Porque no fue solo un acontecimiento sin más. Los evangelios de la Pascua nos cuentan cómo los discípulos fueron teniendo la experiencia de encontrarse con Jesús resucitado, y como la fueron transmitiendo con su testimonio de vida.

2.- Hoy, en el evangelio, Jesús se presenta resucitado a los discípulos, incluidos los de Emaús, que estaban contando su experiencia de encuentro con Él. Les saluda con la paz y les muestra las manos y los pies, donde están las señales de los clavos, para que vean que es el mismo al que crucificaron. Los discípulos reaccionan con miedo, por la sorpresa, y dudan de que sea Jesús. Pero cuando ven sus manos y sus pies se llenan de alegría, aunque siguen atónitos. Jesús come con ellos, como solía hacer, y les abre el entendimiento para que comprendan que Él es el Mesías y que en Él se han cumplido las escrituras, donde estaba escrita su pasión y su resurrección. Finalmente, los envía a predicar y a dar testimonio de su encuentro con Él, resucitado.

3.- La experiencia de haberse encontrado con el Resucitado es la base de la fe de los discípulos y de todos los creyentes de todos los tiempos, incluidos nosotros. Una vez producido el encuentro, el Resucitado nos envía a dar testimonio, a que seamos testigos suyos en el mundo. Los cristianos somos testigos de una experiencia. Sin experiencia, no puede haber testimonio, porque no hay nada que comunicar. Sin encuentro con el resucitado, no hay discipulado verdadero, ni fe auténtica.

4.- En la primera lectura tenemos un ejemplo de este testimonio en Pedro, que cuenta como Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos, al mismo Jesús al que el pueblo entregó a la muerte. Pedro dice: “matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, Y NOSOTROS SOMOS TESTIGOS”. No cuenta una historia que le han contado, o algo que quede bonito. Cuenta algo que él ha experimentado y ha vivido, porque se ha encontrado con Jesús resucitado.

5.- ¿Y nosotros? ¿Cuál es nuestro testimonio? ¿Qué es lo que contamos? En cada Eucaristía nos encontramos con Jesús resucitado, que ahuyenta nuestras dudas y nuestros miedos, y nos transmite su paz y su alegría. Jesús resucitado nos habla al corazón a través de su Palabra, proclamada en asamblea, y nos da a comer su Cuerpo y su Sangre, para que tengamos Vida en abundancia. De esta manera, nos convertimos en TESTIGOS suyos, capaces de decir a todo el mundo que ha resucitado. Un testimonio de palabra pero, sobre todo, un testimonio con nuestra vida, una vida nueva, también resucitada, una vida al estilo de Jesús, como Él nos enseñó. Una vida de hermanos, así reconocían a los primeros cristianos, decían de ellos: “Mirad como se aman”. Ese ha de ser nuestro testimonio.

6.- El Señor Resucitado sigue viniendo a encontrarse con nosotros en cada Eucaristía. Le reconocemos al partir el pan, como los discípulos de Emaús, que también cuentan su experiencia de encuentro con Él. Le pedimos que nos convierta en testigos de su Vida nueva, que nos envíe su Espíritu y nos abra el entendimiento para comprender las escrituras. Al terminar la Eucaristía, somos enviados con una misión muy concreta: ser testigos de una experiencia.

Fuente: www.betania.es

 

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