La Homilía: V Domingo, Tiempo Ordinario. Ciclo A. 9 de febrero, 2014

Posted on 5 febrero, 2014

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La Homilía: V Domingo, Tiempo Ordinario. Ciclo A. 9 de febrero, 2014

1.- CÓMO SER SAL Y LUZ EN NUESTRA SOCIEDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? La sal era un elemento tan importe en la sociedad romana que, hasta la palabra <salario> se derivaba de la costumbre romana de pagar a los soldados con una ración determinada de sal. La sal era necesaria para evitar la corrupción de los alimentos y para darles sabor. Ya en el capítulo 2 del Levítico estaba mandado “sazonar con sal toda oblación que se ofreciera a Yahvé” y en los primeros siglos del cristianismo, cuando era costumbre retrasar el bautismo hasta la edad adulta, las familias cristianas frotaban los labios del recién nacido con sal. San Agustín, que se quejaba de que su madre no le hubiera bautizado cuando, de niño, estuvo él muy enfermo, nos dice que lo que sí hizo santa Mónica fue “darle a gustar la sal bendita” nada más nacer. Pues bien, cuando en el evangelio de hoy Jesús les dice a sus discípulos que deben ser la sal de la tierra, lo que les está diciendo es que no sean corruptos y que luchen siempre contra la corrupción, y que, además, den sabor cristiano a todo lo que hacen y dicen. Para no ser corruptos es necesario tener el alma blindada con la sal del evangelio, porque es facilísimo dejarse contaminar de la corrupción generalizada que habita en nuestra sociedad. Corrupción en las palabras y corrupción en las obras, corrupción en la vida privada y corrupción en la vida pública. A veces da la impresión de que únicamente no son corruptos los que o no pueden y no saben serlo. Sin generalizar demasiado, claro, pero sí reconociendo que la corrupción es un fenómeno bastante generalizado en nuestra sociedad. Si los cristianos queremos ser sal de la tierra, deberemos luchar denodadamente contra el fenómeno de la corrupción. Y rociar con sal bendita, dar sabor cristiano, a todo lo que pensemos, digamos y hagamos.

2.- Vosotros sois la luz del mundo… Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. La metáfora de la luz, referida a Dios y a Cristo, es muy frecuente en la Biblia, sobre todo en el evangelio de san Juan: Dios es la luz, nosotros somos hijos de la luz, la luz de Cristo debe iluminar nuestro caminar hacia el Padre. La luz de Cristo no sólo debe iluminarnos a nosotros, los cristianos, sino que nosotros, los cristianos debemos iluminar con nuestra vida a la sociedad en la que vivimos. Vivir iluminados por la luz de Cristo es vivir en continua y constante lucha contra la mentira; contra la mentira que habita fácilmente en nosotros mismos y contra las múltiples mentiras con las que nos desayunamos cada mañana cuando escuchamos y leemos los medios de comunicación social. Como de la corrupción, también de la mentira podemos decir que se ha instalado poderosamente en nuestra sociedad: las mentiras de los políticos, las mentiras de los empresarios, las grandes mentiras de los que están arriba y las pequeñas mentiras de los que viven a ras social. Luchar contra la mentira, en cristiano, es ser auténtico, sincero y responsable uno mismo y proclamar las verdad del evangelio en voz alta y crítica frente a las voces mentirosas e interesadas de la sociedad en la que vivimos. En definitiva, vivir en la luz de Dios, en la luz de Cristo, es vivir convertido a la verdad de Cristo.

3.- Esto dice el Señor: parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora. En este precioso texto del profeta Isaías se nos dice que la compasión y la justicia misericordiosa, la caridad cristiana, es condición indispensable para vivir en la luz del Señor. Dios está, les dice el profeta, donde hay un hombre y una mujer que sufre, Dios ha hecho una clara opción preferencial por el pobre y el abatido. La luz de los verdaderos cristianos, su práctica de una justicia generosa y misericordiosa, debe iluminar a la sociedad en la que vivimos. ¿Nos distinguimos precisamente los cristianos, dentro de nuestra sociedad, por ser personas especialmente generosas, misericordiosas y justas, tal como nos recomienda hoy el profeta Isaías y tal como practicó y vivió nuestro Señor Jesucristo? ¿También nuestra sociedad de hoy puede decir, como en los primeros tiempos del cristianismo, que a los cristianos se nos nota enseguida nuestra condición cristiana, por el amor generoso y desinteresado que tenemos y mostramos en nuestro comportamiento diario? Porque una Iglesia que no muestre y demuestre su amor hacia los más pobres, nos dice hoy el Papa Francisco, no es la Iglesia de Cristo.


2.- SER LUZ PARA CONSTRUIR UN MUNDO NUEVO

Por José María Martín OSA

1.- Fe y justicia. La lectura del tercer Isaías interpela a sus coetáneos sobre la vivencia de la fe después de la vuelta del exilio. Observa el profeta la crisis de esperanza provocada por lo que tarda la salvación y denuncia la depravación del culto a los ídolos. Notaba un desprecio de los extranjeros que se habían establecido en la tierra de Israel durante el exilio. Por eso anuncia que toda reconstrucción debe tener en cuenta la dimensión social: no puede haber fe en el Dios de Israel sin la justicia del país. Principio claro y aplicable a nuestros días… La promesa de Dios es clara: la verdadera restauración vendrá cuando el creyente colabore en la restauración de su hermano. Esto está descrito como una especie de procesión ritual: la justicia va delante, en medio el que obra según Dios y, al final, la gloria del Señor. Solo cuando seamos capaces de partir el pan con el hambriento y de saciar el estómago del indigente podrá brillar la luz en el mundo. Es lo mismo que nos recuerda este domingo Manos Unidas con el lema “Un mundo nuevo, proyecto común”. En el compromiso de este año propone exigir que se lleve a cabo el octavo y último objetivo de Desarrollo del Milenio fijado por Naciones Unidas: “Fomentar una alianza mundial por el desarrollo”. Es posible cumplir la alianza cuando haces que la vida del que vive en tu ciudad pueda ser justa y digna. Mensaje para tiempos de fuertes crisis, las de entonces como las de ahora.

2.- “El justo brilla en las tinieblas como una luz”. En el Salmo 111 se nos recuerda que tenemos que ser justos. El justo es un hombre “de acuerdo” con Dios, que “corresponde” perfectamente al proyecto del creador… Así como se dice “justo”, de un zapato que se acomoda perfectamente al pie, ni demasiado grande ni demasiado pequeño. El Antiguo Testamento, tuvo el gran mérito de unir estrechamente los deberes del hombre “hacia Dios” y los deberes del hombre “hacia el hombre”. Jesús también resumió en el “amor” toda la conducta moral humana: “lo que hacéis al más pequeño de los míos, lo hacéis conmigo”. En este salmo, que habla esencialmente de la Alianza con Dios, vemos ya resaltados los deberes sociales: “El justo jamás vacilará, reparte… a manos llenas, da al pobre…”. Cuando esto es una realidad, brilla la luz en las tinieblas. Pablo fue luz anunciando la Buena Noticia a todos, judíos y gentiles. Pablo no quiso presentarse a los corintios hablando con palabras altisonantes y haciendo alarde de elocuencia. Les predicó sencillamente a Jesucristo y a éste crucificado, sin triunfalismos. Pablo se presentó ante los corintios como un pobre hombre, débil y temeroso. Pero no era su debilidad, sino la fuerza de Dios lo que operaba en su predicación. Anunciaba el Evangelio con sus obras.

3.- Que con nuestras obras seamos sal de la tierra y luz del mundo. Jesús habla a la muchedumbre desde una montaña. Acaba de proclamar las bienaventuranzas, un estilo de vida tan nuevo como chocante. Quien dice “sí” con su vida a estas enseñanzas es sal y luz. Dos imágenes de lo que Dios quiere del cristiano en el mundo. La sal da valor y sabor a lo que toca. Para ello tiene que dejar el salero y disolverse en los alimentos. La luz también es para otro. Con ella se ve, se puede caminar. Ocultarla no tiene sentido. Así el cristiano, portador del don de Dios, no puede limitarse a gozarlo y vivirlo solo él. Debe alumbrar y dar sabor al mundo. No por vanagloria o haciendo alarde de lo que posee, sino para que los demás, viéndolo, den gloria al Padre. El ejemplo más claro es el mismo Jesús, que siempre actuó poniendo su poder y enseñanzas al servicio de la gloria del Padre. Estas dos pequeñas parábolas, dirigidas a los que han escuchado las bienaventuranzas, señalan el valor de las obras en favor de los hombres. Si los discípulos descuidan las obras no tiene ninguna fuerza el anuncio del Evangelio. Si queremos ser creíbles, tenemos que ser consecuentes. Comencemos ya hoy, trabajando en el proyecto común de construir un mundo nuevo.


3.- EL CRISTIANO ES UN HIJO DE LA LUZ

Por Antonio García-Moreno

1.- DERECHO DE PROPIEDAD.- Voces del Antiguo Testamento, voces que sonaron hace más de dos mil años, voces que vienen de Dios aunque salgan por boca de hombres, voces que repiten con insistencia y sin cansancio, aunque sea siempre lo mismo: hay que partir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.

Dar y darse. Para eso tenemos todo cuanto de Dios, de una manera o de otra, hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Es cierto que la Ley divina no va contra el derecho de propiedad, pero también es cierto que toda riqueza que se cierra en sí misma no es cristiana. En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer como hermanos a todos los hombres. Ni el Bautismo, ni la Penitencia, ni la misma Eucaristía nos servirán para algo, mientras que no abramos de par en par el corazón a nuestro prójimo. No sólo no nos sirve para nuestro bien, sino que al recibir con malas disposiciones esos sacramentos, nos sirven para nuestro mal. Porque el que come el Cuerpo de Cristo indignamente, se traga su propia condenación.

Y no debemos olvidar que el amar está sobre todo en el dar. Y dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Colocarse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar… Desterrar la maledicencia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

2.- LUZ DEL MUNDO.– La palabra de Jesús es sencilla. Sus comparaciones brotan de la vida ordinaria, de la vida doméstica podríamos decir. Por otra parte, sus metáforas tienen muchas veces sus raíces en el Antiguo Testamento. Cristo toma en sus manos la antorcha de los viejos profetas y la levanta hasta iluminar a todos los hombres, usa sus palabras recias y vibrantes para renovar e incendiar a la tierra entera. El fuego y la luz constituyen, precisamente, la imagen principal del pasaje evangélico que contemplamos. Vosotros sois la luz del mundo, dice el Maestro a sus discípulos y a la muchedumbre que le rodea, también a nosotros. Una luz encendida que se pone sobre el candelero, una vida cuajada de buenas obras que sea un ejemplo que arrastre y empuje a los hombres hacia el bien, hacia Dios.

Luz de luz, dice san Juan en el prólogo de su evangelio, refiriéndose al Verbo, a la Palabra, al Hijo de Dios. Luz verdadera que ilumina a todo hombre. El mismo Jesús proclamará ante todos los judíos: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, añade, no andará en tinieblas, sino que habrá pasado de la muerte a la vida… Las tinieblas como símbolo de la muerte, la luz como expresión gozosa de la vida. Por eso al Infierno se le llama el abismo de las tinieblas, mientras que el Cielo es la mansión de la luz, la región iluminada no por el sol sino por el mismo Dios, luz esplendente que sólo los bienaventurados pueden llegar a contemplar, extasiados y felices para siempre.

Es una luz que se transmite a cuantos han llegado a la vida eterna y de la que también participan los justos en la tierra, aunque de forma diversa. Así Santa María, la criatura más perfecta que salió de las manos de Dios, es contemplada por el vidente de Patmos, como la mujer revestida con el sol, coronada de estrellas, emergiendo fulgurante en el azul profundo del ancho cielo, con la luna bajo sus pies. Los demás bienaventurados lucirán, dice la Escritura, como antorchas en el cielo… Aquí, en la tierra, esa luz divina irradia también en quienes creen y aman a Cristo. Por eso san Pablo recuerda a los cristianos que son luminarias que lucen en medio de esta oscura tierra. Focos luminosos que iluminan lo bueno de este mundo malo. Desde el Bautismo, cuando se nos entregó un cirio encendido, el cristiano es un hijo de la luz, un hombre iluminado que ha de encender y caldear cuanto le rodea, perpetuando así la presencia del que es Luz de todas las gentes, Jesucristo nuestro Señor.

Fuente: www.betania.es

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