La Homilía: II Domingo de Cuaresma. Ciclo A. 16 de marzo, 2014.

Posted on 12 marzo, 2014

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La Homilía: II Domingo de Cuaresma. Ciclo A. 16  de marzo, 2014.

1.- UN ADELANTO DE LA “VISIÓN BEATÍFICA”

Por Antonio García-Moreno

1.- SAL DE TU TIERRA.- Los hombres han pasado por la prueba del diluvio. Nuevamente la tierra se ha ido poblando. Y una vez más los hombres se apartan de los caminos de Dios. Un nuevo pecado va a dividir a la Humanidad. Babel, el deseo de llegar hasta lo más alto del cielo, hasta el mismo Dios. Al fin y al cabo, lo mismo que ocurrió con Adán. El deseo de independizarse de Dios, de ser como Él. El hombre no acaba de entender que sólo apoyándose en Dios, podrá llegar a su capacidad máxima de grandeza y de dignidad. No entiende que al prescindir de Dios se hunde, se empequeñece, se aniquila.

Pero la terquedad humana en apartarse del Señor no logra ahogar el afán divino de atraer al hombre. Y para mantener viva la promesa de una liberación final, escoge a un personaje originario de la tierra de los caldeos, Abrahán. Un hombre que oye la llamada de Dios y responde incondicionalmente, con fe absoluta, con una gran generosidad. Y, fiado en las palabras divinas, sale de su tierra, rumbo a los confines que Yahvé le señala. Soñando con ese hijo que Dios le promete, esperando a pesar de la esterilidad y vejez de su esposa Sara.

Desde ese momento se entabla una honda amistad entre Yahvé y Abrahán. Muchas veces nos narra el libro sagrado cómo este hombre llega a intimar con Dios, cómo habla con Él confiadamente, con la misma ingenuidad y sencillez, con el mismo atrevimiento que un hijo pequeño tiene al hablar con su padre.

Abrahán creyó en Yahvé siempre. También cuando su palabra le exigía sacrificios tan grandes como abandonar su patria o sacrificar a su hijo único. Abrahán dijo siempre que sí. Y Dios le premió su fidelidad con creces, mucho más de lo que aquel viejo patriarca pudiera soñar.

Creer en Dios, decir que sí a sus exigencias de amor, entregarse incondicionalmente, abandonarse y abandonarlo todo en manos del Señor… Quisiéramos, Señor, ser tan fieles como Abrahán, tan generosos como él lo fue. Salir de nuestra tierra, abandonar esta casa de nuestro egoísmo, de nuestra pereza, de nuestra comodidad, de nuestra ambición, de nuestro sensualismo. Y caminar con paso decidido hacia la Tierra Prometida, unido estrechamente a Ti, tratándote con el cariño, la ternura y la audacia del hijo más pequeño.

2.- LA GLORIA DEL DOLOR.- Jesús, como en otras ocasiones, se queda sólo con Pedro y los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Estos tres apóstoles serán testigos cualificados de su gloria en la Transfiguración del Tabor y también de su poder cuando resucitó a la hija de hache personaje principal en Israel. Pero lo mismo que estos tres apóstoles contemplaron el esplendor de su gloria, también estos tres predilectos de Cristo contemplarán la humillación extrema del Maestro en Getsemaní. En efecto, verán cómo el Señor será abatido por el temor, escucharán su oración dolorida, descubrirán cómo su humanidad se quebranta ante el peso aplastante de la pasión.

El Señor los había elegido con el fin de fortalecer su fe, pues había de ser fundamento para la fe de los demás. Ellos podrían decir, cuando llegase el momento de la prueba y del abandono de Jesucristo, que habían contemplado el esplendor de su poder y de su gloria. Cuando Jesús quedara atravesado en la cruz, colgado entre el cielo y la tierra, ellos podrían confesar que a pesar de todo, aquel condenado a muerte era el mismo Hijo de Dios.

La de ellos es una situación que se puede repetir en nuestras vidas. A veces la prueba es dura, insoportable. Entonces hay que recordar los momentos en los que Dios ha estado cerca de nosotros, mostrándonos en cierto modo el fulgor de su grandeza. Podemos afirmar que también nosotros hemos sido testigos del poder y la gloria de Dios, y sentirnos fuertes cuando llegue el momento del dolor y de la contradicción.

Qué hermoso es estar aquí, exclama Pedro en la cima del Tabor, con la espontaneidad que le caracteriza. El resplandor de la figura de Jesucristo le embarga el corazón, le embelesa los sentidos. Aquello fue un pequeño adelanto de la “visión beatífica” que gozan los que ya están en el Cielo, visión que colma todos los deseos y anhelos del hombre y lo hace intensamente feliz. Es ese bien sin sombra de mal alguno que constituye la posesión de Dios, esa dicha inefable que el Señor tiene preparada para quienes sean fieles hasta el fin. Ojalá que el convencimiento de que vale la pena alcanzar ese bien, sostenga nuestra esperanza y estimule nuestro afán de lucha.


2.- ¡BUENA CUARESMA Y BUEN CAMINO!

Por Pedro Juan Díaz

1.- La palabra que hoy podría simbolizar el mensaje de Jesús a través de estas lecturas podría ser esta: “camino”. Hay referencias constantes en la Palabra de Dios de hoy a ese caminar como símbolo de la vida. Por ejemplo, Dios invita a Abraham en la primera lectura a “ponerse en camino”: “Sal de tu tierra… Haré de ti un gran pueblo… Y Abraham marchó, como le había dicho el Señor”. Y Abraham y Sara, su mujer, que también comparte el camino con su marido, se ponen en camino confiando en la promesa que Dios les ha hecho. Pero no sólo se ponen en camino físicamente, sino que comienzan la tarea de construir el Pueblo de Dios. El camino de la vida, por tanto, esta lleno de tareas en las que Dios nos invita a constituirnos como su Pueblo.

2.- Hay otra referencia al camino en el Evangelio. El contexto de este pasaje se desarrolla cuando Jesús está subiendo con sus discípulos a Jerusalén para celebrar allí la Pascua. Ya sabéis que todos los judíos se reunían en Jerusalén y peregrinaban desde sus pueblos porque allí estaba el Templo y era el lugar para celebrar la Pascua. Y todas las familias salían en peregrinación, se ponían en camino hacia Jerusalén. Jesús también lo hace, acompañado de los suyos. Y en ese camino Jesús hace un alto y se lleva a tres discípulos a una montaña y se transfigura. ¿Qué significa esto? El camino a Jerusalén es el camino de Jesús hacia la muerte en cruz, y se lo va anunciando a sus discípulos, pero estos no entienden de que va la cosa. Jesús hace un alto para mostrarles a sus discípulos más cercanos que, a pesar de que el camino acabe en cruz, su Padre Dios está con Él y le rescatará de la muerte. Por eso el rostro de Jesús transfigurado, glorioso, resucitado. Es una manera de transmitir confianza en el camino. En el camino de la vida, por tanto, Dios nos transmite confianza, a pesar de las dificultades que podamos encontrar. Porque Él nos acompaña, está con nosotros, no nos deja de la mano.

3.- ¿Qué es lo importante de esta experiencia que viven los discípulos? ¿Qué fue lo que movió a Abraham y a Sara a “tirar p’alante”? Yo me atrevería a decir que fue escuchar a Dios que les habló al corazón, que les habló en sus vidas, en sus caminos, en sus búsquedas y al que ellos supieron escuchar. “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”. Los discípulos caen por los suelos al escuchar a Dios, porque saben que escucharle a Él implica seguir a Jesús en su camino, y ese camino es de servicio a la voluntad de Dios, hasta la muerte en cruz. Pero Jesús les da cariño y confianza. Se acerca a ellos, los tocó y les dijo: “levantaos, no temáis”; “el final del camino, a pesar de las dificultades, va a ser un final feliz, porque Dios está conmigo, y con vosotros, si queréis”.

4.- Quizás a nosotros también nos da miedo escuchar a Jesús, ponerle en el centro de nuestras vidas y de nuestras comunidades. El mensaje de Jesús pasa por el servicio al Reino, que no es otra cosa que el servicio a los hermanos, a los más necesitados. Una experiencia de fe no es verdaderamente cristiana si nos aísla de los hermanos, si nos deja cómodamente instalados en la vida y nos aleja del servicio a los más necesitados.

5.- Si escuchamos a Jesús, sentiremos que hemos de “ponernos en camino”, como sintió Abraham, y salir de nuestro conformismo y de nuestro estilo de vida egoísta, para empezar a vivir más atentos a los demás y, juntos, construir ese Pueblo de Dios, ese Reino de Jesús, y que se vaya haciendo realidad cada día entre nosotros. La vida es un camino, no exento de dificultades, ni de cruces, pero en el que Dios nos invita a caminar con confianza, como pueblo, siempre unidos, siempre juntos, como hermanos, escuchándole sólo a Él y fiándonos de su Palabra. El final del camino es la VIDA, con mayúsculas. No tengamos miedo. Estemos a la escucha, porque en cualquier momento Dios puede dejar oír su voz.

6.- Termino con una reflexión que encontré preparando esta homilía: “Cuando las dificultades del camino crezcan, cuando la marcha del desierto al jardín se presente cuesta arriba, cuando parezca que vas a ceder ante el desánimo, confía. Coloca tus pies sobre las pisadas de Jesús y déjale que agarre tu mano, quizá en silencio. El Hijo amado del Padre sabe el camino, porque Él es el Camino”. ¡Buena Cuaresma y buen camino!


3.- SUBIR AL ENCUENTRO CON DIOS Y BAJAR AL ENCUENTRO CON EL HERMANO

Por José María Martín OSA

1.- Emprender un camino interior. El domingo pasado considerábamos un aspecto importante de la existencia humana: la tentación y el peligro de autodestrucción que ocasiona el pecado. La liturgia de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la otra cara de la vida: también Dios nos tienta y trata de seducirnos para que vivamos total y plenamente. La historia de la salvación comenzó con la fe de un hombre, Abrahán. A través de su obediencia todos hemos sido bendecidos. Era la voz de Dios la que le ordenaba salir. Era la voz de Dios la que le invitaba a la alianza. Era la voz de Dios la que le hacía nuevas promesas: una tierra y una gran descendencia. Abrahán se puso en camino. Era un viaje espiritual, una nueva orientación de su vida, un cambio interior. Abrahán dejó sus dioses, sus ídolos y empezó la hermosa aventura del encuentro de Dios. Lo encontró, creyó, y obedeció. Su confianza en Dios y su disponibilidad para hacer la voluntad de Dios es un ejemplo para todos nosotros. Lo material y las nuevas obsesiones nos han quitado el deseo y la libertad para este viaje interior, espiritual, que es la búsqueda de Dios. Abrahán no pidió seguridades ni garantías. El Señor era su seguridad y su garantía, su guía y su paz. Igual que él dejó “sus ídolos”, también nosotros podemos abandonar “nuestros ídolos” y emprender el camino de renovación interior.

2.- Orar es escuchar a Dios. Puede que cada uno tengamos una imagen distinta de Dios; quizá ese rostro de Dios nos hable de temor, de amenaza o de castigos. Hoy la palabra de Dios nos urge para que descubramos el verdadero rostro divino: rostro de vida y solamente de vida. Subir a la montaña es el proceso simbólico de acercamiento a Dios. En la montada surgen las Teofanías. Y subir es costoso, hace falta ascesis, dejar el peso que nos estorba. El que ora descubre quién es de verdad Dios. El ámbito de la divinidad –lo blanco, la luz– inunda al hombre. Descubre cómo culmina la ley y los profetas en Jesús. El gozo del Espíritu trastorna a Pedro. El momento crucial de la oración está en escuchar a Dios. Él ya sabe qué nos apremia. No intentemos marearle con nuestras voces. Más bien oramos para escucharle, para afinar nuestro oído. Elías lo oyó en la brisa que apenas movía las hojas. En la oración vamos percibiendo la voluntad de Dios, crecemos en ganas de construir el Reino, logramos dar paso a los gritos de los pobres, como Moisés. Ellos dos, Moisés y Elías, están presentes en la transfiguración porque supieron escuchar la voz de Dios. Representan la ley los profetas, es decir la palabra de Dios anunciada al pueblo.

3.- Bajar a la vida. ¡Qué hermoso! A uno le gustaría estar siempre así. La tentación de evadirse del mundo acecha. Menos mal que Jesús se acercó, y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis. Las palabras de ánimo en el coloquio final son necesarias en toda nuestra vida. Ten confianza, no temas. Pero, ¿dónde, en qué país de la tierra se encuentra hoy este monte bendito? No es ya un lugar geográfico. Es un lugar humano. Donde quiera se reúne la comunidad creyente, hay un Tabor. Hay también otra clase de montes santos. Son los miembros dolientes de la humanidad, los pobres y pequeños, en quienes Cristo te espera para transformarte y para transfigurarlos. Y son los grupos humanos que luchan por la paz y la justicia. Si el movimiento primero fue subir, el que cierra el tiempo de oración es bajar del monte. Bajar a la vida a encontrarnos con el parado, con el enfermo, el necesitado, el compañero que sufre de soledad o que, sin más, quiere pasar un rato charlando con alguien.

Fuente: www.betania.es

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