V Domingo de Pascua
6 de mayo de 2012.La homilía de Betania

Posted on 3 mayo, 2012

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V Domingo de Pascua
6 de mayo de 2012

La homilía de Betania

1.- PERMANECER

Por Pedro Juan Díaz

1.- Estamos leyendo, esta semana y la que viene, el capítulo 15 del evangelio de San Juan, que empieza con la imagen de la vid y los sarmientos, la cual nos ayuda a hacernos una idea de cómo Jesús quería que entendiéramos su forma de ser. Él es la vid, nosotros los sarmientos, y Dios es el labrador. Y nuestra tarea es PERMANECER. En la medida en que permanezcamos unidos a la vid, daremos fruto, porque de la vid reciben los sarmientos la savia necesaria para florecer.

2.- Lo que pasa es que estas comparaciones relacionadas con el campo y que eran muy normales en tiempos de Jesús, a nosotros se nos quedan lejanas, porque, aunque nos guste el campo, somos gente de ciudad. Quizás hoy Jesús tendría que decir algo así como “yo soy el software de vuestro ordenador, y vosotros el disco duro”, o bien “yo soy la TV y vosotros el aparato de la TDT”. Dios cuida la vid. Arranca los sarmientos que no dan fruto y poda los que sí, para que den más. Sus discípulos estamos limpios en la medida en que hemos escuchado su Palabra y la hemos acogido en nuestro corazón y en nuestra vida.

3.- La gran invitación de Jesús es a PERMANECER unidos a Él, como los sarmientos a la vid. De esa manera daremos fruto abundante. De lo contrario, no lo haremos, porque “sin mí no podéis hacer NADA”. Si no damos fruto, nos cortan, nos tiran fuera y nos secamos. Pero si damos fruto, nos convertimos en discípulos de Jesús y todo lo que pidamos se realizará, y daremos gloria Dios. Y el fruto que Dios quiere es el amor sincero, el de verdad, el de las obras, no solo de palabra. San Juan lo expresa así en la segunda lectura: “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”.

4.- Finalmente, la imagen de la vid y los sarmientos nos recuerda también que en la Iglesia no vamos “por libre”, cada uno por su cuenta, sino que todos los sarmientos permanecen juntos, unidos, en comunidad. Es lo que Pablo pretende en la primera lectura, unirse a la comunidad, unirse a la vid. Pero los discípulos tienen sus recelos, ya que Pablo había sido uno de los mayores perseguidores de la Iglesia.

5.- En la comunidad cristiana, nadie es más que nadie, sino que cada uno tenemos servicios diferentes. Lo importante es sentirnos una comunidad que camina junta, que se alimenta de la misma Vid que es Jesucristo, y en la que todos sufrimos o nos alegramos con las penas y las alegrías de nuestros hermanos. La tarea de PERMANECER implica también hacerlo con otros, y cuando es así, la tarea siempre es más llevadera que al hacerlo cada uno por su cuenta. Que no nos sintamos independientes unos de otros, sino una comunidad de sarmientos unidos a la verdadera Vid con la misma misión: dar fruto abundante.

6.- En fin, que si traducimos esta parábola, lo que quiere decir Jesús es que él está dispuesto a alimentarnos para que crezcamos. Y esto ocurre cada domingo que nos acercamos a la Eucaristía. Él nos tiene la mesa preparada, sin ella no podemos dar fruto. De esta mesa brota la savia que nos hace crecer como personas y como cristianos, y dar fruto allá donde estemos. La Eucaristía es el “Sacramento del permanecer”. Y esa es y será siempre nuestra tarea.

7.- La mesa siempre está preparada. Ahora falta que nosotros aceptemos la invitación, que cada domingo hagamos el esfuerzo de participar en ella, de alimentarnos con el Cuerpo de Jesús. Si no permanecemos, cada vez estaremos más lejos de la vid y es posible que nos sequemos y nos caigamos. Pero si permanecemos, daremos mucho fruto y seremos verdaderos discípulos de Jesús.

 

2.- TRATEMOS DE SER SARMIENTOS VIVOS Y NO RAMAS MUERTAS

Por Antonio García-Moreno

1.- CONVERSIÓN.- Pablo había sido uno de los más tenaces perseguidores de la Iglesia de Cristo. Hacía poco que marchó hacia Damasco “respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor”, con cartas para la Sinagoga, dispuesto a encadenar a los que creían en Cristo, tanto hombres como mujeres. Pero ese Cristo que él perseguía se le cruzó en el camino y Pablo cayó a tierra, deslumbrado por el fulgor del Señor. Y cuando comprendió que Jesús de Nazaret era el Mesías prometido por los profetas, cuando supo que había resucitado de entre los muertos, Pablo se rinde totalmente y emprende el camino que Dios le señalaba. Un camino con dirección contraria a la que él traía. Y toda la fuerza de su personalidad la pone al servicio de ese Jesús que le ha derrumbado. Pablo es un hombre auténtico, consecuente con sus principios, enemigo de las medias tintas, audaz y decidido. Ejemplo y estímulo para nuestra vida de cristianos a medias, para nuestro querer y no querer, para esta falta de compromiso serio y eficaz de quienes decimos creer.

No le creían. Era imposible que aquel terrible perseguidor quisiera ahora vivir entre los cristianos, y fuera verdad que se había convertido. Fue preciso que Bernabé, uno de los predicadores de más categoría, intercediera presentándolo a los mismos Apóstoles. Y a pesar de ello Pablo tendrá que sufrir durante toda su vida el recuerdo, siempre vivo en sus detractores, de sus pecados pasados. Siempre será un sospechoso, una presa fácil para la calumnia y la maledicencia. Y sus enemigos se empeñan en mantener la mala fama de su actuación anterior.

Cierto que es difícil que los hombres cambien. Pero lo que para el hombre es imposible, para Dios no lo es. Por eso el hombre más perverso puede acabar siendo un santo. Y viceversa… Para los que intentan rectificar sus vidas, uno de los obstáculos más difíciles de superar es precisamente la sospecha de los “buenos”, la desconfianza, la duda sobre la rectitud de su conducta.

Señor, danos la humildad suficiente para no juzgar mal a nadie. Para no desconfiar de los que, habiendo sido antes pecadores, ahora quieren dejar de serlo. Que no pongamos zancadillas a los que quieren caminar hacia Dios, persuadidos de tu amor incansable por el hombre y de que tu poder ilimitado para cambiarle.

2.- COMO SARMIENTOS VIVOS.- Dios conoce muy bien el barro de que estamos hechos, sabe la capacidad limitada de nuestra inteligencia. Por eso utiliza palabras sencillas, metáforas sacadas de la vida ordinaria, imágenes fáciles de entender para todos. En especial para nosotros, meridionales al fin y al cabo, sus referencias al mundo rural y agrícola nos resultan sumamente familiares.

Hoy nos habla de la vid, esa planta tan frecuente en nuestras tierras llanas, de fruto tan rico y cuyo mosto, convertido en vino, alegra el corazón del hombre, en frase de la Escritura. Jesús nos dice que él es la vid y nosotros los sarmientos. Partiendo de esta realidad mística, el Maestro nos expone una serie de enseñanzas para que las vivamos cada uno de nosotros.

En primer lugar afirma que su Padre es el labrador que poda a todo sarmiento para que dé más fruto. Es lo mismo que en otro pasaje nos dice la Biblia: “El Señor, a quien ama, le reprende, y castiga a todo aquel a quien tiene por hijo”. De ahí se desprende que hemos de ver las contrariedades y sinsabores de la vida con espíritu de fe. Hay que comprender que son una buena ocasión para purificar nuestras almas, para templar nuestro espíritu lo mismo que se templa el hierro con el fuego.

“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí -nos sigue diciendo Jesús-, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. La comparación y la enseñanza que se desprende no pueden ser más claras. El que no vive unido al Señor es un hombre frustrado, incapaz de hacer nada que realmente sirva. La vida de ese hombre pasará como un soplo, como nube que cruza el espacio sin dejar la menor huella. En cambio, el que vive unido a Dios, por medio de la gracia santificante, convierte en algo meritorio y valioso cualquier acción que realice, por nimia que sea. A los ojos del Señor, juez al fin y al cabo de nuestros actos, la vida humana se eleva a divina.

Pero hay más. No se trata sólo de llenar una vida vacía. Se trata también de librarse del fuego que arderá eternamente con los sarmientos secos, con los que, por baldíos, serán arrojados lejos de Dios. Las palabras de Jesús nos ponen en sobre aviso, una vez más, para que no nos llamemos a engaño y tratemos de ser sarmientos vivos y no ramas muertas.

Estamos en la Pascua, período de gozo y de esperanza, época en la que la naturaleza se reviste del esplendor de sus verdes vivos y la policromía de mil flores. Tiempo por otra parte de honrar a María en este mes de mayo. Vamos, con su ayuda, a llenar nuestra existencia de buenos deseos y de mejores obras, vamos a ser sarmientos muy unidos a la cepa que es Cristo, para dar frutos de vida eterna.

 

3.- ESTAR UNIDOS A CRISTO PARA DAR FRUTO

Por José María Martín OSA

1.- Iglesia, “asamblea de hermanos” .No se le sería fácil a Pablo el contacto con la primitiva comunidad cristiana., pues todos se acordaban del antiguo perseguidor y lo miraban con recelo, pero medió su amigo Bernabé, de origen helenista, igual que Pablo y lo presentó a los apóstoles. Con la ayuda de los hermanos, esto es, de los fieles de Jerusalén, Pablo salva su vida embarcándose en Cesarea y huyendo a su ciudad natal. Con la conversión de Pablo, el principal perseguidor, la iglesia entra en un período de paz y se va organizando como comunidad. Es significativo que el autor de los Hechos de los Apóstoles designe a todas las comunidades cristianas con el nombre de “iglesia”. En griego es “ecclesia”, es decir reunión o asamblea. Esta palabra mantiene en adelante un doble significado en el Nuevo Testamento: la asamblea o reunión de los cristianos en un lugar (iglesia local) y la totalidad de los creyentes (iglesia católica o universal). El modernista Loisy dijo “Jesús anunciaba el Reino y vino la Iglesia”. Según esta visión hay una ruptura entre el Reino e Iglesia, como si ésta fuera un invento posterior y descafeinado de lo que quiso Jesús, pero lo cierto es que esta palabra aparece ya en el Nuevo testamento, como podemos comprobar por el texto de hoy. Más adelante se llamará “iglesia” al edificio o lugar de reunión, empobreciendo el rico significado original de la palabra, es decir “comunidad” o “asamblea”. El Salmo 21 proclama, precisamente, que “el señor es mi alabanza en la gran asamblea”.

2.- Creer y amar. La Primera Carta de Juan insiste una vez más en el amor, pero en un amor que no se contenta con hermosas palabras; pues debemos amar como Cristo nos ha amado, ya que “en esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio la vida por nosotros” Lo verdaderamente decisivo para la salvación es creer que Jesús es el Cristo y el Hijo de Dios (ésta es la fórmula más breve de la fe cristiana) y cumplir su mandamiento de amor, que resume todas las exigencias morales del evangelio. Ambas cosas están unidas inseparablemente, pues la fe es la aceptación de Jesucristo y el reconocimiento práctico de que él solo es el Hijo de Dios, el Señor. Por lo tanto, el que cree en el nombre de Jesucristo acepta y cumple lo que él mismo nos enseñó.

3.- Unidos a Cristo, la verdadera vid. Contemplamos en el evangelio a Jesús rodeado por los Apóstoles, en un clima de especial intimidad. Él les confía lo que podríamos considerar como las últimas recomendaciones: aquello que se dice en el último momento, justo en la despedida, y que tiene una fuerza especial. Lo mismo que el pasado domingo en el evangelio del Buen Pastor, nos sorprende ahora la afirmación absoluta de Jesús: “Yo soy la verdadera vid”. No dice que fue o que será, pues él es ya la verdadera vid, la que da el fruto. Tales afirmaciones deben escucharse desde la experiencia pascual y con la fe en la resurrección del Señor. Jesús vive y es para todos los creyentes el único autor de la vida y el principio de su organización. De él salta la savia, y él es el que mantiene unidos a los sarmientos en vistas a una misma función: “dar fruto”. Jesús es la cepa, la raíz y el fundamento a partir del cual se extiende la verdadera “viña del Señor”. Entre los sarmientos y la vid hay una comunión de vida con tal de que aquéllos permanezcan unidos a la vid. Si es así, también los sarmientos se alimentan y crecen con la misma savia. Jesús ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo, y lo estará si le somos fieles. El no abandona a los que no le abandonan.

4.- “Dar fruto”. En el evangelio de Juan, “dar fruto” significa llevar a la madurez la misión de Cristo, esto es, llegar a la cosecha del reinado de Dios para que se manifieste lo que ha sido sembrado en la muerte de Cristo: la salvación del mundo, que es la gloria y la alegría del Padre (el “labrador”). Para llevar adelante su empeño debe continuar unida al Señor, dejando que sea el Señor el que inspire toda su organización y le infunda la vida. Así aclara San Agustín lo que significa “dar fruto”:

“Permaneciendo unidos a Cristo, ¿qué otra cosa pueden querer sino lo que es conforme a Cristo? Estando unidos al Salvador, ¿qué otra cosa pueden querer sino lo que no es extraño a la salvación? En cuanto estamos unidos a Cristo queremos unas cosas y en cuanto estamos aún en este mundo queremos otras. Por el hecho de vivir en este mundo, a veces nos viene la idea de pedir algo cuyo daño desconocemos. Nunca tengamos el deseo de que se nos conceda, si queremos permanecer en Cristo, el cual no nos concede sino aquello que nos conviene. Permaneciendo, pues, en él y reteniendo en nosotros sus palabras, pediremos cuanto queramos, y todo nos será concedido. Porque si no obtenemos lo que pedimos, es porque no pedimos lo que permanece en él ni lo que se encierra en sus palabras, que permanecen en nosotros, sino que pedimos lo que desea nuestra codicia y la flaqueza de la carne”.

Preguntémonos: ¿Cuáles son las podas o momentos difíciles que he pasado en mi vida y que me ayudarán a crecer? ¿Cuáles son las podas o momentos difíciles que pasamos en nuestra comunidad y nos ayudaron a crecer? Lo que mantiene viva una planta, capaz de dar frutos, es la savia que la atraviesa. ¿Cuál es la savia que está presente en nuestra comunidad y la mantiene viva, capaz de dar frutos?

Fuente: www.betania.es

 

 

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